Re: Michel Rolland (parte 4)
Ver mensaje de Juan SuchAl escuchar a los detractores de Rolland da la impresión de que él es al vino lo que George W. Bush es al discurso inteligente, lo que McDonald’s es al boeuf bourguignon. Peor aún, porque –según ellos– Rolland obliga a todo el mundo a someterse al mismo anonimato totalitario en cada botella que se bebe.
Rolland opina que se está exagerando un poco. “Se me está dando demasiada importancia”, afirma durante nuestra comida. “En el mundo se producen 300 millones de hectolitros de vino al año. Yo sólo tengo que ver con una pequeña fracción”. Pero quizá es que esa pequeña fracción es la que establece la norma… Desde un punto de vista estadístico, seguramente hablamos de fracciones, pero ¿su influencia sobre el vino de calidad es tan inmensa como dicen muchos en el sector? Se encoge de hombros y mira hacia otro lado, como si se sintiera halagado, pero, al mismo tiempo, como si reconocerlo fuera pecar de inmodestia. Muy bien, ¿y qué dice del argumento fundamental de Broadbent, de que bajo su perversa fórmula todos sus vinos son iguales, muy afrutados, con una pizca de vainilla, de paladar aterciopelado, bajos en taninos, fermentados en barriles de roble nuevo…? “Tonterías. No existe ninguna fórmula. Ésa no es una crítica seria. He oído hablar de ese tal Broadbent, pero no he hablado nunca con él”. Por primera y única vez en las cuatro horas que pasamos juntos, Rolland pierde su sonrisa permanente. Broadbent es un hombre con prestigio en el sector, y cuando dice algo, o, peor aún, cuando lo escribe, hace daño. “Broadbent es un periodista especializado en vinos y tendría que hablar conmigo antes de escribir esas cosas de mí, ¿no le parece?”, dice. “Sin embargo, nunca ha venido a verme. Nunca ha hecho una cata a ciegas conmigo”.
Tal vez, si Rolland no hubiera hecho causa común con los estadounidenses, la animosidad que inspira no sería tan intensa. Es normal que Mondavi, una gigantesca empresa californiana de vinos que produce 100 millones de botellas al año, les parezca una especie de versión vinícola de Kentucky Fried Chicken a los viejos vinicultores de Burdeos, Borgoña y Languedoc. Mondavi contrató a Rolland en 2001 para que refinase su merlot. Nossiter, el director de Mondovino, que da a las escenas rodadas en Francia un carácter sombrío y taciturno, no se reprime a la hora de dar una imagen descarnada y hortera de Mondavi. Michael Mondavi, hijo del fundador de la multinacional californiana del mismo nombre, dice cosas como ésta: “Queremos comenzar una dinastía. Sería estupendo ver a nuestros herederos, dentro de 10, de 15 generaciones, haciendo vino en otros planetas. Podría ser divertido. ‘Teletranspórtame, Scotty, envíame vino de Marte’, o algo así”.
Rolland considera que los Guibert cometen un error al resistirse a romper con las viejas costumbres. Se están negando a sí mismos, dice, el placer de probar algunos de los magníficos vinos que han surgido en los últimos años en su vecino del sur. “Esas personas, seguramente, nunca han oído hablar del albariño. Hace 20 años, el albariño no era gran cosa; bueno [sonríe], más bien no había vino albariño bebible. Ni hace 15 años. Ahora son de absoluta garantía. En cuanto a los ribera del Duero, yo fui por primera vez allí en 1987. Hablábamos de Pesquera entonces y era una bodega desconocida; ahora, en cualquier parte del mundo que voy se encuentra. El vino español, repito, es el futuro, y yo quiero disfrutarlo”.