Re: Michel Rolland (parte 7)
Ver mensaje de Juan SuchEs como el médico del pueblo que visita a los pacientes de la zona. Uno escucha el pecho del enfermo, el otro somete el vino al estetoscopio de sus papilas gustativas. O es como un embarazo. Hace revisiones constantes, toma muestras y valora los vinos en diversas etapas de su gestación, antes de ir a la botella. En cada caso, la familia del paciente espera alerta, ansiosa por el veredicto. Cuando dice que el paciente está bien, el alivio y la gratitud fluyen como el vino de la cuba. Un poco más allá, en el Château Franc Mayne, el hombre al frente es un joven intenso, con una bata blanca llena de manchas moradas; un enólogo que se siente menos sobrecogido que los otros ante Rolland, pero que le trata con el respeto sutil de un joven especialista por una autoridad mundial. Se me ocurre pensar que en cualquier otro contexto, en el restaurante más elegante de Londres, Madrid o París, a estos vinicultores que beben las palabras de Rolland se les consideraría grandes expertos en vino, serían ellos los que contarían con el respeto de los maîtres y sumilleres más estirados. Rolland es el maestro de maestros. “Lo que aporto”, dice, “es una amplia experiencia y una variedad de referencias que otros vinicultores locales, pese a su talento, no tienen”.
Los puristas, que viven en una estratosfera tan enrarecida que ni siquiera los vinicultores de Château Franc Mayne pueden respirar su aire, dicen que Rolland ha hecho mal uso de una experiencia que tanto le ha costado obtener. Que ha puesto su talento al servicio de los bárbaros. Puede que haya algo de verdad en ello, visto desde la cumbre. Pero quizá, en conjunto, ha hecho un gran favor a la humanidad al convencer a los bárbaros de que hagan algo que hace 25 años no podían imaginarse: para empezar, beber vino; aprender a hacerlo de forma habitual; cultivar el gusto –e incluso una ligera familiaridad– por los merlot, ribera del Duero, sauvignon y chardonnay, aunque los paladares de las hordas les parezcan bastos y simplistas a los Broadbent y los Guibert. Dicen que se ha vendido. Que ha rebajado el nivel. Que ha matado el espíritu de vive la différence. Le acusan de hacer vinos “para el gusto globalizado”. Puede ser. Seguramente. Pero existen crímenes peores.