Situada a un par de minutos de la Plaza IV noviembre. Decoración clásica, estanterías con vino por todas partes. Graciosos manteles de papel, servilletas de papel.

Dispone de una carta corta y solo en italiano de platos tradicionales. La carta de vinos es bastante más extensa, con preeminencia de vinos italianos y precios casi x2. También ofrecen vinos a copas en una pizarra. La misma copa, normalita, para todos los vinos. Servicio consistente en apertura, prueba y primer llenado.
No fue difícil elegir los platos porque casi todos tenían queso, así que elegí los que no lo tenían. Como la carta estaba en italiano y la camarera no hablaba otro idioma, dejé que mi acompañante, que sí hablaba italiano, pidiese los platos.
Almuerzo para dos. Empezamos con unas rodajas de mortadela cortada como si fuesen totopos como aperitivo.
Pedimos un antipasto (9 €) que resultó ser un revuelto de tomate, huevo, orégano y algunas verduras. Bien.

A continuación, un plato de tallarines con carne y verduras guisadas (12 €). Bueno.

Y el error fue pedir de segundo plato un guiso de cordero con patatas y romero (18 €), imposible de terminar. Correcto sin más y bastante seco.
Para beber, dos botellas de agua (2 €/ud) y una botella de Paolo Bea Arboreus 2018 (90 €) servida a buena temperatura y con una cubitera preparada de forma un tanto descuidada. Sin duda, lo único destacable de la comida.
Bien para tomar unos vinos, pero la comida no me resultó nada interesante.
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