La musa

Suele acercarse al olor de la copa recién servida, mientras frente al papel en blanco aspiro sus aromas antes de probar un primer sorbo, el que me despierta más curiosidad y normalmente más me satisface.
Un vaso de buen vino ayuda a atraer a la musa, esa extraña que a veces nos visita pero nunca se instala con nosotros, la loca de la casa que viene y va a su antojo.
Una vez hecha esa primera cata, la inspiración va acercándose, poco a poco, atraída por el olor a uva, a barrica y a otras tantas fragancias que evocan a madera, fruta, chocolate y un sinfín de cosas más que sólo los más entendidos saben describir.
Tras el primer trago, empiezan a surgir las primeras líneas:
La tortuga tarantón
Estaba tan, tan delgada
Que cuando estornudaba
Se salía del caparazón
Y se daba un coscorrón
Es el primer verso para el libro de poesía infantil que me han encargado, observando la botella veo que han sido necesarios unos cuantos tragos para conseguirlo, pero me gusta, es un buen comienzo.
La musa ha decidido irse mientras compruebo el contenido de la botella, ¿cómo sigo?
Pruebo varias frases, esbozo un nuevo verso, pero no me convence, no casa bien con el anterior. Me sirvo otra copa, un buen vino sin lugar a dudas, me entretengo mirando la añada y la procedencia de las vides, la inspiración sigue sin regresar.
Me levanto y voy hacia la ventana, con la copa en la mano, me distraigo mirando el horizonte, bebo un par de tragos más y siento que la musa vuelve, apuro el preciado líquido y vuelvo a sentarme. Antes de escribir, me sirvo un poco más de vino y me deleíto paladeándolo. Continúo escribiendo:
Después de un tiempo de mimos
Y buenos vasos de vinos
Tarantón ya no estornuda
Y se siente cojonuda
Con una copa de vino
Al lado de un folla amigo
Ya no hay quien me pare, abro otra botella y a cuatro manos, entre mi musa y yo continuamos con el poema.
