Personajes (III)
Al hablar de José Agustín Goytisolo me vienen a la cabeza innumerables recuerdos de mi padre. Jordi, mi padre, el carpintero y José Agustín, el escritor y poeta (aunque no le gustaba que lo definieran como poeta), eran amigos del alma. José Agustín Goytisolo (1928-1999), pertenecía a la llamada Generación de los 50 junto a escritores como Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma. Todos ellos tienen en común el compromiso moral o político y una renovada atención al lenguaje y la lírica. Un hecho dramático marcó su vida. En 1938 su madre, Julia Gay, murió víctima de un bombardeo franquista sobre la ciudad de Barcelona. A su hija le puso el nombre de su madre y le dedicó el poema “Palabras para Julia” una de sus más célebres obras, musicada y cantada por Paco Ibáñez.
José Agustín y mi padre no faltaban nunca a su cita diaria al finalizar la jornada laboral para tomarse algo y jugar unas partidas de chinos, a las que yo siempre que podía me unía. Cada uno de los tres o cuatro jugadores que participaban en las partidas de chinos tenía un mote. José Agustín era el cura, mi padre la désirée, el portero del inmueble donde mi padre tenía la carpintería era el tuerto y a mi me llamaban el principiante. Goytisolo escribió sobre estas partidas de chinos en su columna en El Periódico de Catalunya: “La cuestión es de trascendental importancia. Ya sé que muchos de nuestros conciudadanos prefieren ignorar cuestiones
En 1992, con motivo del II Encuentro Nacional de Jóvenes Amigos del Vino que se celebró en Haro, una de las conferencias iba a su cargo. Nos desplazamos a la Rioja en coche mi padre, mi madre, José Agustín y yo. Hace unos meses encontré el manuscrito de su disertación. Hoy publico íntegro este texto en este blog como un homenaje a ese gran personaje que fue José Agustín Goytisolo.
Los escritores griegos incorporaron el vino a sus invenciones, y así, desde el “donde no hay vino, no hay amor”, del dramaturgo Eurípides, hasta la sentencia de Platón “El vino da alegría a los hombres y juventud a los viejos, suaviza y ablanda las pasiones del alma, como el hierro se reblandece por medio del fuego”, las citas se harían interminables.
fertilidad, cuyo símbolo era también el falo. Virgilio, en “Las Geórgicas” presentaba a Baco como el dios de la viña, del vino y del amor. Séneca dijo: “El vino lava nuestras inquietudes, enjuga el alma hasta lo más profundo y entre otras virtudes, asegura la curación de la tristeza”. Y Plinio el viejo: “Gracias al vino, el hombre es el único animal que bebe sin tener sed”. Y Horacio: “Tu revelas con ayuda jovial del vino, los ciudadanos de los sabios y sus místicos pensamientos”.
Al cristianizarse el Imperio Romano, Baco, como todos los demás dioses paganos, desapareció, fue prohibido. Pero el vino so sólo no fue prohibido, sino que su cultivo se extendió por todo el mediterráneo, y especialmente en Hispania, la Galia y la península Itálica fue introducida la vid por los colonos romanos que se mezclaron con el sustrato nativo de las poblaciones. La religión cristiana, siguiendo el mandato del Cristo en la última cena, hizo del vino consagrado en la misa por el sacerdote “sangre de mi sangre, que por muchos y por vosotros será derramada en remisión de los pecados”. Aunque San Pablo advierta “El vino es obra de Dios y la embriaguez es obra del hombre”.
La Invasión del Islam, que perduró en nuestra península más de ocho siglos, hizo que el cultivo de la disminuyera y prácticamente desapareciera en los territorios ocupados, ya que la religión Musulmana prohibía beber vino. Fue, por tanto en las comarcas primeramente conquistadas en donde se volvió a cultivar la vid. Y fueron muchas órdenes religiosas, como la de los Templarios, la de San Juan del Hospital o la del Císter, por citar algunas, las que enseñaron a los campesinos de los territorios liberados, el cultivo de la vid y la técnica de la elaboración del vino. Sería erróneo creer que hiciesen esta labor tan sólo por poder consagrar el vino durante la misa: fue una labor de recolonización auténtica. “Es el vino muy bueno en su misma natura / muchas bondades tiene tomado con mesura”. Escribió el Arcipreste de Hita y el tan entrañable y cercano físico y espiritualmente a vosotros Gonzalo de Berceo, sentenciaba: “Entróse en bodega un día por ventura / bebió se mucho vino sin ninguna mesura / emborrachóse el loco, salió de su cordura / y yació hasta las vísperas sobre la tierra dura”.
Se me hace muy difícil, pues seria labor de años recoger todo lo que sobre el vino se ha escrito. Sin moverme del castellano la nómina es tremenda: Quevedo, Góngora, Cervantes, Gracián, Espronceda, Becquer, Rubén Darío, Ramón del Valle-Inclán, Baroja, García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández… vino con pie de púrpura o sangre de topacio,
vino, estrellado hijo de la tierra,
vino, liso como una espada de oro,
suave como un desordenado terciopelo,
vino encarcelado y suspendido,
amoroso marino,
no has cambiado nunca en una copa
en un canto, en un hombre,
coral, gregario eres
y cuando menos mutuo y hermosísimo.
