¿Quién dijo que en el paraíso no se podía hacer vino?
Los viñedos de Tahití: cuando la vid decidió crecer en medio del Pacífico
Una laguna turquesa, cocoteros, arena blanca, temperaturas tropicales y kilómetros de océano alrededor. Si alguien nos pidiera imaginar el lugar perfecto para beber una copa de vino, probablemente Tahití aparecería en la lista. Pero ¿para cultivar la vid?, aquí empieza lo verdaderamente sorprendente.

En pleno Pacífico Sur, en el atolón de Rangiroa, la vid crece sobre un terreno coralino, rodeada de cocoteros y prácticamente a nivel del mar. Allí se encuentra el proyecto conocido como Vin de Tahiti, una de las experiencias vitivinícolas más insólitas del planeta y el único viñedo de la Polinesia Francesa. Y no hablamos simplemente de unas pocas cepas plantadas como curiosidad turística.
Aquí se hace vino, hay vendimia, hay variedades de uva, hay poda, hay decisiones enológicas, y sobre todo, hay una pregunta que resulta difícil de evitar:
¿Hasta dónde puede llegar la vid cuando dejamos de imponerle las reglas tradicionales del mundo del vino?
Un viñedo en medio de una laguna
Para entender la singularidad de este proyecto hay que viajar hasta Rangiroa, uno de los grandes atolones del archipiélago de las Tuamotu.
El paisaje tiene poco que ver con el que asociamos habitualmente a una región vitivinícola. No hay montañas, laderas ni grandes extensiones de suelo agrícola. El protagonista es el coral.
Sobre uno de los pequeños islotes o motu del atolón se encuentra el viñedo. Las vides crecen sobre un terreno coralino, rodeadas de vegetación tropical y con el océano prácticamente a las puertas de las parcelas.
La vid es una planta que tradicionalmente asociamos a determinados ciclos climáticos: inviernos, reposos vegetativos, primaveras, floraciones, veranos de maduración y vendimias. En Rangiroa, ese calendario prácticamente desaparece. No existe un invierno como el que conocemos en las grandes regiones vitivinícolas del mundo.
La vid vive en un entorno tropical y, en lugar de detener completamente su ciclo durante varios meses, puede volver a crecer después de la poda. Por ello en Rangiroa se pueden realizar dos vendimias al año, lo cual cambia completamente nuestra manera de entender el concepto de añada.
La idea que parecía una locura
La historia comienza con Dominique Auroy, empresario francés que decidió plantearse algo que, para muchos, tenía más de fantasía que de proyecto agrícola: cultivar vid en la Polinesia Francesa.
La idea comenzó a desarrollarse a principios de los años noventa. Antes de encontrar el lugar definitivo, se realizaron pruebas en diferentes islas y archipiélagos para comprobar dónde podía adaptarse mejor la vid a las condiciones tropicales. No era una cuestión sencilla.
Había que encontrar variedades capaces de soportar un clima completamente diferente al de las grandes regiones vitivinícolas europeas. Había que estudiar el suelo, las lluvias, la humedad, las enfermedades, el comportamiento de la planta y los ciclos de maduración. Había que descubrir qué podía funcionar.
Después de años de pruebas, Rangiroa terminó siendo el lugar elegido. En 1997 se plantaron las primeras hectáreas de viña y, después de varios años de adaptación, llegó la primera vendimia. Entre 1999 y 2000 se recogieron apenas unos cientos de kilos de uva y se produjo el primer vino polinesio.
Aquella primera cosecha era pequeña, pero demostraba algo mucho más importante. La vid podía sobrevivir en el paraíso.
¿Qué tiene de especial el suelo?
Quizá una de las mayores curiosidades del viñedo de Rangiroa está literalmente bajo nuestros pies. Coral.
El terreno sobre el que crecen las vides no se parece al suelo profundo y complejo que podemos encontrar en muchas zonas vitivinícolas tradicionales.
El sustrato coralino presenta unas características particulares y, además, el atolón cuenta con un elemento fundamental para poder cultivar: una reserva de agua dulce bajo el motu, alimentada por las precipitaciones.
Agua por todas partes y, al mismo tiempo, la necesidad de encontrar agua dulce para que sobreviva la viña.
Porque el océano está ahí, literalmente al lado de las cepas, pero el agua del mar no sirve para regarlas. La naturaleza obliga, una vez más, a buscar el equilibrio.

El océano también forma parte del viñedo
Hay algo que resulta especialmente interesante desde el punto de vista vitivinícola.
En Rangiroa, el mar no es simplemente el paisaje, forma parte del entorno climático del viñedo.
El aire marino, la elevada humedad, las temperaturas tropicales, las lluvias y la ausencia de un invierno convencional crean unas condiciones que obligan a replantearse prácticamente todos los conocimientos adquiridos en viticultura tradicional.
Los vinos están marcados por un terroir coralino y por las condiciones del Pacífico Sur, con perfiles frutales y características propias de este entorno. Y aquí aparece otra cuestión interesante para cualquier aficionado al vino:
¿Hasta qué punto podemos hablar de terroir cuando el suelo es coral?
Quizá precisamente ahí esté la maravilla de esta historia. Porque el terroir no tiene por qué parecerse a Burdeos, Borgoña, Rioja o Priorat. El terroir también puede tener forma de atolón.
Las variedades que sobrevivieron al paraíso
No todas las variedades de uva podían adaptarse a este entorno.
Durante los primeros años se realizaron numerosos ensayos con diferentes variedades para encontrar aquellas capaces de funcionar en las condiciones tropicales de la Polinesia.
Actualmente, el viñedo trabaja principalmente con Carignan y Italia, además de otras variedades que forman parte de la evolución del proyecto, como el Muscat de Hamburgo.
No se trata necesariamente de buscar las variedades más prestigiosas del mundo, se trata de encontrar las variedades que sean capaces de sobrevivir allí. Y esta diferencia es fundamental porque la viticultura extrema obliga a cambiar las prioridades.
En una región tradicional podemos preguntarnos: ¿Qué variedad expresa mejor este terroir?
En Rangiroa, antes hay que hacerse otra pregunta: ¿Qué variedad es capaz de vivir aquí?
Dos vendimias al año: romper las reglas del calendario
Probablemente este sea uno de los aspectos más atractivos del vino de Tahití.
En la mayoría de regiones vitivinícolas, una añada representa un ciclo agrícola anual.
La planta descansa durante el invierno, despierta en primavera, desarrolla sus órganos vegetativos y reproductivos, madura durante el verano y se vendimia entre finales de verano y otoño, dependiendo de la zona.
En Rangiroa, este esquema desaparece. La vid no tiene que esperar al siguiente año para comenzar de nuevo.
Después de la poda vuelve a iniciar su ciclo vegetativo y puede producir una segunda cosecha aproximadamente cinco meses después por lo que el viñedo puede llegar así a realizar dos vendimias anuales.
Y esto plantea una cuestión casi filosófica:
¿Qué significa realmente una añada cuando puedes tener dos cosechas dentro del mismo año?
¿Deberíamos hablar de vendimia de invierno y vendimia de verano?
¿Deberíamos diferenciar las dos cosechas?
¿Tiene sentido aplicar el concepto tradicional de añada a una viticultura tropical?
Son preguntas que probablemente tendremos que hacernos cada vez más a medida que la viticultura descubra territorios que no encajan en los modelos clásicos.
El enemigo no siempre es el frío
Cuando pensamos en las dificultades de la viticultura, solemos pensar en las heladas, las bajas temperaturas o la falta de horas de sol. En Rangiroa ocurre exactamente lo contrario.
El problema es que hace demasiado calor, hay demasiada humedad y el ciclo de la planta no se comporta como estamos acostumbrados.
La humedad tropical puede favorecer problemas sanitarios y obliga a extremar el control del viñedo. Además, durante los primeros años aparecieron enemigos mucho más inesperados.
Cangrejos, animales y otros habitantes del ecosistema local también descubrieron que las jóvenes vides podían ser un buen alimento.
Aquí la viticultura adquiere casi una dimensión de supervivencia, no solo tiene que luchar contra el clima. Tiene que convivir con todo un ecosistema.

Y después está la enología
Una vez que conseguimos cultivar la uva llega la segunda gran pregunta: ¿Qué hacemos con ella?
Porque cultivar vid en un atolón tropical es una maravilla, pero conseguir que esa uva se convierta en un vino equilibrado es otro cantar. El proyecto produce principalmente vinos blancos y rosados, además de diferentes elaboraciones dentro de su gama actual.
El perfil de los vinos está marcado por una identidad alejada de los grandes patrones europeos: frescura, fruta, notas exóticas y una expresión vinculada a ese peculiar entorno tropical y coralino.
¿Deberíamos esperar que un vino de Tahití se parezca a un vino europeo? Probablemente no.
Quizá uno de los errores que cometemos como consumidores sea intentar encontrar en cada vino aquello que ya conocemos. Buscamos el estilo de una región, la variedad, la madera, la acidez o los aromas que nos resultan familiares.
Pero, ¿y si el interés de estos vinos está precisamente en que no se parecen a nada de lo que conocemos?
¿Quién dijo que en el paraíso no se podía hacer vino?
Quizá la verdadera historia de Tahití no sea que exista un viñedo en un lugar tan improbable.
Quizá lo realmente interesante sea que la viticultura ha demostrado que sus fronteras son mucho más flexibles de lo que creíamos. Rangiroa nos recuerda que el vino no es solamente una tradición, también es experimentación, adaptación, conocimiento y a veces una dosis de locura.
Es curioso pensar que alguien mirando aquel atolón rodeado de mar y de oceano pensó “Aquí podemos plantar una viña”. Y lo hizo.
Hoy, décadas después, aquellas cepas siguen creciendo entre cocoteros y coral y nosotros seguimos preguntándonos dónde estará el próximo lugar imposible donde alguien decidirá hacer vino.
Y ahora la pregunta es para vosotros:
¿Probaríais un vino elaborado en un atolón del Pacífico?
¿Creéis que el lugar de origen cambia realmente la percepción que tenemos de un vino?
Y, sobre todo, ¿hasta dónde debería llegar la viticultura antes de que dejemos de hablar de adaptación y empecemos a hablar de una nueva forma de entender el vino?
Porque quizá el futuro de la viticultura no esté únicamente en las grandes regiones históricas.
Quizá también esté en lugares que, hasta hace muy poco, ni siquiera aparecían en el mapa del vino.
-
-
Muy interesante, una muestra más de la capacidad de adaptación del viñedo y desde luego curiosidad por probar un vino de la zona. Gracias!
-

