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El Cuerpo del Vino

Es hecho conocido que el lenguaje utilizado para describir el vino resulta un tanto desconcertante visto desde fuera de la profesión. Esto es debido a la utilización de una jerga hermética, al alcance solo de los iniciados. En concreto, quien lea por casualidad la descripción de un vino, -incluso aunque no ignore que el hombre es la medida de todas las cosas- encontrará un tanto curioso descubrir que hay vinos amables, pesados, nerviosos, nobles, ordinarios, peleones, recios, con solera, fatigados,  tranquilos... Además, los vinos no van desnudos: hay vinos con una buena capa y otros con un bello y sugerente vestido; imaginamos -aunque aún no hemos registrado ninguna referencia a su ropa interior- que se trata, respectivamente, de los vinos masculinos y femeninos.

 

También le llamará la atención el carácter anatómico-forense de algunas de estas descripciones, en las que se habla del "cuerpo del vino" como si del cuerpo del delito se tratara. Pues bien, a pesar de la retranca con que estamos tratando este asunto, tenemos que advertir que difícilmente se podría encontrar palabra más acertada que “cuerpo” para describir las sensaciones que el vino provoca a su paso por la boca.

 

 

               Para empezar, todo cuerpo que se precie ha de tener un buen esqueleto, armazón o estructura, que va a determinar su porte y su envergadura. En el vino, el esqueleto lo constituyen las sensaciones sápidas más consistentes -taninos y sustancias amargas-, que hacen que el vino, que es realmente un líquido, parezca tener cierto carácter de sólido.

 

               Aunque la función del esqueleto es imprescindible para que el vino dé la talla, es indudable que un cuerpo excesivamente huesudo no suele ser muy atractivo -«aunque si quien lo goza tiene sarna, le debe dar cuatro cuartos, por el aparejo que tiene de rascarse en sus huesos». Por tanto, ese esqueleto ha de estar suavizado por la carne, que le sirve de relleno y le proporciona unas sensaciones menos ásperas, y más confortables y acolchadas.

 

                En sentido estricto, dentro de esta carne, habría que distinguir entre "músculo" -relacionado con la concentración y la intensidad sápida del vino- y grasas o mantecas -básicamente glicerina y azúcares- que proporcionan al vino su untuosidad: el unto es, precisamente, la manteca.

 

                En consecuencia, se llama vino delgado al que presenta defecto de carne; el austero, sería más atractivo con algunos kilos más; el carnoso no tiene desperdicio; el untuoso nos hace pensar en los placeres (de la carne); al graso le pierde su carácter rubensiano, y al gordo, «por lo que suda, se le quitan tres cuartillos, y se le añaden en invierno, por lo que abriga».

 

               No queda aquí la cosa, un cuerpo con un buen esqueleto y su correspondiente músculo, dista mucho de ser perfecto; en concreto, si le falta nervio, más que de cuerpo hay que hablar de "armario". En el vino sucede algo parecido, el músculo y el esqueleto necesitan de una acidez que los anime, que les proporcione garra y carácter.

 

                En realidad, los nervios son una especie de hilos -muy frágiles, por cierto- que comunican los sentidos y los músculos con el cerebro; sin embargo, en el lenguaje usual, el nervio es el tendón, que une los músculos (la carne) a los huesos (armazón). En el vino, el nervio -que como se ha indicado, es la acidez- reúne los dos significados, el técnico y el popular.

 

                En resumen, la acidez proporciona al vino sensación de frescura, vigor, animación, vivacidad; aunque si fuera excesiva puede hacer del vino un tipo nervioso y agresivo.

 

 

Así que, a pesar de lo chusco que nos parecerá el asunto del “cuerpo del vino”, y aunque somos conscientes de que las descripciones de algunos vinos más bien parecen autopsias, tenemos que reconocer que la utilización de la palabra cuerpo para describir las sensaciones del vino en boca no puede ser más apropiada; las coincidencias entre el cuerpo del vino y cualquier "cuerpo serrano" son así de concluyentes. Del "alma" del vino hablaremos otro día.

 

Carlos Andres, es autor del libro “43 Temas sobre el vino”, del que está tomado este texto.

 

 Más información: http://www.vinojoya.com/temas43.htm


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