Cadáveres exquisitos: Autopsias de las víctimas de la moda
Algo maravilloso de Buenos Aires: En cada esquina parece haber una tienda de vinos bella y excelentemente surtida con producto nacional. El aeropuerto de Buenos Aires no es excepción. Convenientemente ubicada para que uno pueda gastarse esos tenaces pesos que siempre sobran al final del viaje, la enoteca duty-free del aeropuerto tiene mucho de donde elegir, desde vinos comunes hasta cuvées “ultrapremium”. Yo me gasto el equivalente de US$80 en tres botellas de esa última categoría, cosas que no pude probar en restaurantes durante mi vuelta porteña. ¿Me saldrán buenos o atroces estos vinos en Nueva York? Estoy impaciente. Quiero enterarme.
He dicho poco hasta ahora sobre las revistas argentinas de vino que encontré, aunque jugaron un papel decisivo en mi experiencia de Buenos Aires. Pero es injusto referirme a ellas como meras “revistas de vino”, ya que la publicación promedio del ramo en Argentina intenta envolver una atrevida combinación de “entretenimiento para caballeros” y guía para el consumidor de todo. Tecnología de lujo, autos, libros, productos de belleza, psicología “pop”, música, libros, puros, comida (desde “fast food” hasta haute cuisine), bebidas (no solamente vino bebe el hombre), hoteles, bares, discotecas... Es desconcertante, la verdad. Abundan las modelitos con muy, muy poca ropa encima y en poses sugerentes... En casi cada una de las páginas megasatinadas se te habla de “glamour”, “moda” y “lujo”.
No es que me queje, ni que me vaya a salir una vena puritana opuesta a las revistas con chicas desvestidas. Leí artículos interesantes en publicaciones como Joy, RSVP y Master Wine. Me dieron invaluables pistas para descifrar la mentalidad que gobierna la actual industria del vino en Argentina.
El número 34 de Joy es mi material de lectura durante la primera hora del vuelo a Nueva York. Contiene una pieza titulada “¿Qué vinos bebemos hoy?” No puede uno darle mucha mente al hecho de que las ilustraciones del artículo son de una chica muy guapa, envuelta en toallas o en un albornoz, que consume una copa de vino tinto en su baño mientras (a) se seca el pelo, (b) se pinta las uñas de los pies, (c) fuma un cigarrillo, (d) habla por su celular, (e) se pinta la boca y (f) lee una edición vieja de Joy… Más allá de las estimulantes fotos de tan polifacética beldad hay un análisis serio de lo que pasa en el negocio del vino y las tendencias de consumo en Argentina en el 2003-2004. El número .39 de Master Wine tiene un artículo muy similar, que omite las fotos de la modelo realizando su toilette, pero incorpora un sondeo de consumidores y profesionales del vino. Esa la dejo para la segunda hora del vuelo, a ver si hay suertecilla y me entra sueño.
Salgo con algunas ideas claras tras leer las dos revistas. Algunas las leo directamente en lso artículos, otras ya venían conmigo de mis vueltas, conversaciones y catas en Buenos Aires y solamente toman una mejor forma. Los argentinos prefieren arrolladoramente le vino tinto. De hecho, el blanco no es visto con mucho respeto. Beben más y “mejores” vinos, dicen los reportes. Los productores ven mucha promesa en los consumidores menores de veinticuatro años.
Además, tal parece que muchos productores argentinos están obsesionados con una manera en particular de hacer sus vinos competir internacionalmente (declaran ambos artículos que el éxito arrollador a nivel mundial todavía elude a las bodegas argentinas, pero bueno...). A tal efecto, dichos productores han adoptado una ética globalista y se dedican a crear vinos con las mismas prestaciones que los de exitosas “jóvenes” regiones vinícolas como Australia, Chile, Sudáfrica o California. Olvidémonos de la autenticidad, de lo que hace único al vino de una región... Lo importante es crear una bebida que dé exactamente lo mismo que los potingues australianos, pero más barato. Muchas bodegas argentinas quieren demostrar al mundo que pueden hacer Concha y Toro mejor que Concha y Toro. Ah, y que no se me olvide bajo ningún concepto, en la gama alta pueden hacer Harlan, Turley y hasta Valandraud mejor que los originales.
Una gran mayoría de los vinos son hechos a la medida para paladares insofisticados que solamente aprecian el dulzor y se ofenden por la más mínima acidez. La madera se usa a modo de “sazón” o “maquillaje” en vez de como elemento contribuyente a la estructura y el buen añejamiento del vino. La posibilidad de que una variedad vinífera pueda no dar lo mejor de sí en ciertos suelos y climas no parece pasarle por la mente a muchos viticultores y enólogos argentinos, siempre y cuando la variedad en cuestión tenga un nombre reconocible y “de moda”. Cualquier otra variedad, si no posee el reclamo internacional de una chardonnay o una cabernet sauvignon, no importando qué tan deliciosos puedan ser los vinos que produzca, se ve relegada al olvido—¿Qué mejor prueba de ello que lo que ha pasado con la torrontés?
Las graduaciones altas parecen ser muy deseables para los productores de los que hablo. La inmensa mayoría de los vinos que veo reseñados en las revistas argentinas andan por encima del 13.5% de alcohol como si nada. “Acidez” es una mala palabra”. La mentalidad detrás de todo esto y los vinos que bajo ella se hacen se designan como “del Nuevo Mundo”, designación que la prensa quiere hacerle a uno tragar como equivalente a “progresista” y “de calidad”. Todo aquel que se atreva a llevar la contraria es tildado, en altaneros tonos que rayan en lo rumsfeldiano, de perteneciente al “Viejo Mundo” y, por consiguiente, reaccionario y elitista.
En alguna parte del artículo de Joy me leo la mitad de una cita de Margaret Henríquez, presidenta de Bodegas Chandon (no deja uno de maravillarse ante el espíritu de expansión de las multinacionales...). Comienza: “Antes, era muy frecuente la desilusión entre los turistas que llegaban buscando aquel vino nacional que los había cautivado en su país natal...”. Sigue hablando de como esa desilusión es rara en estos días, pues lo que se mercadea en Argentina lleva la misma etiqueta que lo que se mercadea en el resto del mundo y todo debe regirse por los mismos estándares de “calidad”.
Y aquí estoy yo, un turista bastante desilusionado, que llegó esperando encontrar vinos únicos, auténticos, provocadores, interesantes... Salvo unas poquísimas excepciones, todo lo que me encontré fueron cocacolitas globalistas homogenizadas o paquetes “de lujo” sobrecargados de ínfulas fetichistas, madera y fruta sobremadurada. ¿Es eso “calidad”?
Claro, no condenaría yo a nadie por querer ganarse unos milloncitos de dólares o euros con un producto en el que cree de verdad… Mis preguntas para los bodegueros, comerciantes de vino y consumidores argentinos—y creo que son preguntas muy válidas—son las siguientes: ¿Es acaso la única forma de incidir en el mercado internacional imitar al dedillo lo que hacen los demás? ¿Es ese tipo de falta de imaginación (y de respeto por la tierra y el legado cultural de uno) el único camino al éxito? Probé algunos vinos que sí me dijeron algo. Pero fueron los menos, por mucho. Los otros eran tristes víctimas de la moda, víctimas del McVinismo que ocupa a nuestro mundo hoy por hoy. El vino es un producto de la tierra que puede sobrepasar los niveles más sublimes del arte. No debe ser una criatura de laboratorios, estudios de diseño, o sondeos de marketing. Pero algunos se olvidan...
Fui a Buenos Aires contando con quitarme de encima algunas dudas sobre la dirección en la que va la industria argentina del vino. Pero en vez de eliminar el miedo, acabé experimentando cosas que me harían pensar: “Pues, mira, ahí cayó otro...”.
Por lo menos comí bien.
Esto, a manera de epílogo…
Jay Miller me envía un e-mail, como frecuentemente lo hace, invitándome a un jeebus con los “sospechosos habituales”. Se ha comprado una casa y quiere celebrar la ocasión. Ningún tema en específico, solamente traer algo que queramos beber.
Ha pasado un mes desde mi regreso de Buenos Aires. Se me ocurre que debiera compartir las tres botellas aquellas que me traje. La libertad temática del evento viene que ni pintada.
Nuestro grupo se reune en Inside, uno de nuestros puntos jeebuseros habituales en el West Village. Están Jay, Joe Dougherty, Marty Lebwohl, Jeff Grossman con su compañero, Jim, Mike y Kim Bassman y Josie, además de este servidor. De nuestras bodegas hemos sacado vinos provenientes de lugares muy diversos.
La primera botella es de Jean-Claude Thévenet, Blanc de Blancs, Bourgone NV, un espumante de Borgoña que no tiene mucha espuma y que la mesa en general califica de “raro”. Aromas tímidos de manzana amarilla y piedras trituradas. En boca hay mandarina y toronja, pero el vino es ligerito, corto e insignificante.
Le sigue un A. & P. de Villaine, Aligoté, Bouzeron, Bourgogne 2002. Metálicamente mineral, con una leve nota láctica que parecería de queso. Suficientemente correcto, con aromas y sabores cítricos y minerales. Nada memorable.
Un viejo favorito viene detrás. El Franck Peillot, Altesse “Cuvée Buster,” Rousette de Bugey 2001 está en irreprochable forma esta noche. Brillante mineralidad, con notas de cardos, fresas silvestres, cáscara de limón y toronja blanca en la nariz. Sublimemente cítrico en boca, con mucha profundidad de minerales. Largo y muy elegante. Un blanco fantástico con tremendo futuro por delante.
El Benedict Loosen-Erben, Riesling Spätlese “Urziger Würzgarten,” Mosel-Saar-Ruwer 1981 es una sorpresa. Aparentemente, Jay adquirió la botella hace poco en una de nuestras tiendas favoritas de Manhattan. Fuerte golpe petrolífero en la nariz, seguido por aromas de todo tipo de flores blancas, melocotón y albaricoque hilvanándose etéreos en mi conciencia. Bella impresión inicial en boca: Comienza ligero y emprende un crescendo de sabores voluptuosos. Largo y muy sexy, con excelente agarre acídico y un toquecito de azúcar residual al final.
Un Brundlmeyer, Gruner Veltliner “Alte Reben,” Langenlois, Kamptal, Austria 1995 también está fenomenal. Aroma de lías seguido por caramelo, pera, pasas sultanas, maíz, pimienta blanca y crema de limón. Grande y opulento en boca, pero muy bien estructurado. Largo, suculento y complejo de posgusto.
El veltliner es el último blanco seco sobre la mesa. Pasamos al Robert Chevillon, “Les Roncières,” Nuits-Saint Georges Premier Cru 1995. Un vino térreo y de mullida frutosidad, lleva muy en evidencia la alta madurez característica de su añada, pero sin llegar a exceso alguno. Potente sabor de frambuesa roja y negra con acentos de hierro. Uno de los mejores borgoñas del 95 que he probado en mucho tiempo.
Antes de que vayamos más lejos saco los vinos que me traje de Argentina, Estoy entre amigos que son todos enófilos de gran experiencia, con paladares muy cultivados y mucho conocimiento. Son gente justa. Degustarán y juzgarán estos vinos honestamente.
La primera es una botellona muy pesada, con una placa de metal por etiqueta, anunciando orgullosamente que el vino se ha llevado no sé que trofeo en Vinitaly (no que tales galardones conferidos por esa particular feria signifiquen mucho para la presente concurrencia). Se trata del Nieto Senetiner, Bonarda “Partida Limitada,” Mendoza 2002.
Al caer en mi copa, el vino es de un color morado-negruzco. “¡¡¡#%$^&%m, esto está OSCURO!!!” exclama el Dr. Dougherty. El vino no huele a casi nada al principio, sólo tenues notas de vegetales compostados y ciruelas pasas. En boca es de evidente sobreextracto, fangoso, quemante y tánico. “Creo que mi lengua puede estarse disolviendo”, dice eI siempre gentil Jay tras echar el vino a la escupidera. Algunos dirán que no sé de lo que estoy hablando en cuanto a bonarda se refiere. A ellos les preponderé sinceramente que lo que sí sé es que ningún vino debe hacerle esta atrocidad a los órganos sensoriales de uno. Verdaderamente horrible. Con media hora de aire solamente empeora, poniéndose más pasificado y amargo. Y pensar que me gustó tanto aquel sencillo malbec de la misma bodega que bebí en aquel primer asador que visité en Buenos Aires.
El próximo en el desfile es un Luigi Bosca, Malbec-Verdot “Finca Los Nobles,” Mendoza 1997. Me animo, pensando que aquel malbec del 97 de Weinert fue muy agradable... Pero este es un megavinazo testosterónico de una escuela completamente distinta. Huele casi igual que el bonarda anterior, pero con una dosis liberal de roble nuevo añadido y un terrible aspecto láctico. Mermeládico, torpe, caliente e imperdonablemente ebanístico, me parece oir un seco ruido de tablas cuando lo vierto en la cubeta después de castigar con él mi lengua.
El último del trío argentino es un vino del sur del país, lo que en esas tierras que viven al revés quiere decir que proviene de climas más frescos. El Marcus, Malbec “Gran Reserva,” Valle de Río Negro, Patagonia 2002 abre con una andanada de volatilidad, seguida por peste a barril y, finalmente, mermelada de frambuesa bien espesa. Otra masa amorfa de fealdad enológica. El pero problema que tiene este vino es que está completamente descalabrado, con algo de ácido tirando para un lado y la fruta fofa y la madera tirando para otro.
Para tener una idea de lo pésimos que estaban los tres vinos que traje, es necesario considerar que en ese momento ví la aparición de un par de vinos californianos como algo refrescante y muy positivo... Bueno, en realidad uno de los californianos es un vino que me gustó mucho cuando salió al mercado y que no he vuelto a probar desde entonces (aproximadamente 1994...). El Ridge, “Geyserville,” Sonoma County, California 1992 es predominantemente zinfandel, con un par de otras cositas añadidas a modo de complemento. Aromas bellamente dulces con notas de menta fresca, frambuesa negra, ciruela, arcilla y cedro. Hay una corriente mínima de pasificación, pero no llega a afectar al conjunto. Amplio, vital y complejo en boca, con suculenta fruta roja y acentos térreos en un final largo y multidimensional. Claro, mi juicio puede estar afectado por la atroz experiencia con los bodrios anteriores y este Ridge me parece puro maná del cielo.
El próximo californiano es un Simi, Cabernet Sauvignon “Reserve,” Napa Valley, California 1992 que resulta tan aburrido como me suelen ser siempre los cabernets de Simi. Yerbabuena, madera y fruta indefinida, completamente carente de lustre.
Seguimos con un Domaine Dujac, Morey-Saint Denis 1995. No soy el único en la mesa que se siente un poco conflictuado y culpable de que le gusten los vinos de Dujac. Tienden a estar demasiado enfocados en la madera, a ser demasiado facilones y a enfatizar el dulzor frutal por necima del terruño (en vinos que se designan como de pagos muy singulares y prestigiosos eso puede ser un grave problema). Pero se las arreglan para ser muy sabrosos, los muy... Este tiene bastante madera, sí, pero los simples y directos aromas y sabores de frutas rojas, tierra y hojas secas lo hace a uno olvidar por un momento que debe haber más detalle. Largo, con taninos potnetes y bonitas notas florales y de canela en el posgusto. Todavía necesita algo de tiempo para bregar con esos taninos.
El último tinto es el Pierre Barge, Côte-Rôtie 1988, que huele a Vick’s Vap-O-Rub, nopalitos, manteca de cerdo y moras. Sabe a lo mismo. Medicinal y tánico. Un vino extraño, difícil.
A causa de mi diabetes, raras veces bebo vino de postre, pero el infanticidio de un Château Climens, Sauternes 1986 bien vale una inyección extra de insulina. Preciosos aromas de botritis, una espesa nube de tiza, azahar, pera, compota de manzana, albaricoque... Mullido y profundo, con fantástica estructura y muchas capas de exquisitas complejidades. Es un bebé que requiere varias décadas más de botella.
Con el Climens me vuelve la sonrisa al rostro. Me ha hecho olvidarme—por lo menos por un breve y delicioso momento—que fui yo el culpable de los tres vinos más imbebibles de la velada, atrocidades enológicas a las que no debí someter a tan agradable grupo de amigos. Y pensar que cargué con esos tres monstruos desde el otro lado del mundo...
Sé que este documento no va a ganarme amigos. Si he ofendido a alguien, pues... En realidad no le aconsejo que espere disculpas o retracciones. Me dediqué a probar todo este vino como consumidor, no como crítico profesional. Pagué mi dinero, muy bien habido él, por todas y cada una de las botellas de las que hablo. Tras la publicación en inglés de este artículo alguien me dijo que en realidad no había probado lo mejor de Argentina (siempre salta uno y te dice algo así; yo, por mi parte, para que no se diga, me las arreglé para encontrar en Manhattan un Achaval Ferrer, “Quimera”, Mendoza 2001, de una de las bodegas que me dicen que “me perdí”. Otro tintillo simplón de cabernet, malbec y merlot, con fruta obvia y su toque obligatorio de roble nuevo... Tiene alguito más de equilibrio que muchos otros y su estructurilla marginal. Lo que definitivamente no justifica los US$25 que pagué por él).
Digo yo, ¿en realidad qué es eso de “lo mejor”? Siempre la virgen de más lejos es la más milagrosa y uno, por más esfuerzo que haga, no llega a verla. Sé que generalizar nunca es bueno, que pagan justos por pecadores... Pero yo hice lo que pude, con dos semanas y media en Manhattan y seis días en Buenos Aires, para conocer algo que no me dejó—si voy a serles completamente franco—nada impresionado. Creo que, con la cantidad de botellas que abrí, las probabilidades de encontrar cosas no solo meramente potables, sino admirables y deseables, debió ser un poquito mejor...
Por suerte, ha llegado el momento de descansar un poco de los vinos de Argentina.

