Rioja: Tres vistas de un secreto
1.
Era una de esas noches perfectas de final de verano en Manhattan, cuando uno puede al fin llevar chaqueta felizmente sin sudar un océano. Me encontré con Josie en la torre principal del flamante Time-Warner Center Towers. Ibamos a responder a un importante llamado.
Nuestro muy querido amigo, el Profesor John Gilman, había enviado las invitaciones hacía escasamente unos días y yo supe, desde el momento en que abrí la mía, que tendría que limpiar mi calendario para acomodar lo que proponía John. Tenía que asistir. Punto.
Claro, existía la problemática de una visita de mis padres a Nueva York ese mismo día... Pero la naturaleza se las arregló para retirarme el obstáculo del camino cuando el huracán Jeanne hizo acto de presencia en Santo Domingo, impidiendo que los Camblor mayores tomasen el vuelo que los traería a verme. Era libre de hacer lo que me diera la gana. Ya mis padres vendrían luego.
Y lo que me dió la gana hice. Estábamos Josie y yo en el Time-Warner Center para una cata de grandes rojas que se extendería regresivamente en el tiempo hasta 1934.
“Es de lujo la cosa,” dijo Josie cuando el portero de la sección residencial del Time Warner nos dió paso. Muchos materiales de alto brillo, lustre y boato... Y ese aroma inconfundible del aire que se respira donde hay mucho billete... “Creo que es aquí donde tiene su apartamento Ricky Martin,” dice mi pareja, la periodista de farándula latina. Por un momento estoy alerta, por si acaso se ve la esbelta silueta del ex-vocalista de Menudo. I luego recuerdo que detesto a Ricky Martin.
El evento de esa noche tendría lugar en el apartamento propiedad de los doctores Nezih Cereb y Soo-Yung Yang. La amable pareja había montado un agradabilísimo espacio de cata con las fantásticas vistas de Manhattan que ofrece la planta 50 de un edificio como el Time Warner. Tapas de cocina creativas (a cargo del chef Harold Moore) acompañarían la procesión de vinos.
En el foyer del apartamento, a modo de aperitivo, nos fue presentada una copa del Dönnhof, Norheimer Dellchen Riesling Spätlese, Nahe 2002. Tímido de aromas. Tiene uno que trabajar bastante moviendo la copa para enterarse de que el vino es un rieslingcillo afrutado, ligero y gracioso, con refrescante acidez. Pero es demasiado facilón. Final medio, con dulzor moderado.
Me senté inmediatamente en una de las mesas de cata con Josie, Gerry Dawes, Josh Raynolds y el Profesor. Los riojas comenzaron a sucederse en pares y trios.
El primer duo fue de Bodegas Riojanas. El Monte Real, Reserva, Rioja 1998 resulta un poco reticente, al menos durante sus primeros cinco minutos en la copa. Luego se abre para mostrar bonitos aromas de frambuesa, tierra y violetas. Muy buena textura. Un vino muy primario todavía. El Viña Albina, Reserva, Rioja 1998 se muestra más amistoso desde el principio, con voluptuosamente apetitosos aromas de frutas negras que provocan a Josh a llamarlo “sexy”. En boca la fruta y el roble están impecablemente integrados. Este Albina es una bebida fabulosa ahora mismo, pero una década de botella lo hará aún mejor. Curiosamente, en este momento el Monte Real parecería mucho más “bordelés” que el Albina, aunque es el Albina el vino de Riojanas que tradicionalmente se asocia con un “gusto a lo burdeos”.
Un vino irrumpe en solitario, rompiendo el patrón de catas que se nos había anunciado. Es el Marqués de Cáceres, “Gaudium” Reserva, Rioja 1996, uno de esos esperpentos de alto octanaje de la “nueva ola” riojana que se supone que lo noqueen a uno a trancazos de puro roble nuevo y que le rematen ahogándole en mermelada de moras. Pues, en ese sentido, esto no desencanta... Grotescamente enmaderado, con una peste que se me parece a los barriles de hacer bourbon. Puede que hubiese por ahí en alguna parte alguna tempranillo decentita, pero debajo de la avalancha de maderas sus gritos de agonía ni siquiera se escuchan. Taninos secantes del roble y calor alcohólico lo aplastan todo a medio paladar y hacen que la tortura acabe de forma piadosamente rápida, sin un posgusto del que pueda yo decir nada. En la mesa se escuchan comparaciones con el “Special Selection” de Caymus, ese paragón de los excesos maderísticos californianos. Pero el Gaudium, en mi opinión, deja al Caymus chiquito...
Pasada la breve pesadilla de carpintería, volvemos a los vinos “de verdad” con otra pareja. Un La Rioja Alta, “904” Gran Reserva, Rioja 1987 cae primero. Yo nunca he sido muy amante de los riojas del 87. Mi impresión invariable ha sido que los vinos tienen lo que yo llamo (haciendo eco inverso de una bellísima canción del cantautor y excelso guitarrista escocés Francis Dunnery) “demasiada luna y muy poco Saturno”. Los vinos tienden a ser siempre redonditos, golosos y facilones, pero no poseen la profundidad o la solidez estructural que me inspira intelectualmente.
Este “904” es uno de los mejorcitos que me ha tocado probar. Muy perfumado, con una nariz expresiva y compleja de rosas secas, lavanda, cáscara de naranja, arándano, frambuesa seca y canela. Ligero y jugoso al paladar, engañosamente directo al principio, luego comienza a mostrar capas térreas y frutales en un final largo.
El próximo vino es un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1985 que está igual de apretado que las últimas seis veces que lo he probado en los últimos meses. Un bebé. Eso sí, un bebé con carácter a raudales. Tímido de aromas. Todo está densamente compactado en un nudo de ciruela, especias, yodo, tierra y cueros. Un vino poderoso, repleto de cosas bellas que necesitan tiempo para soltarse y comenzar a mostrarse plenamente.
La próxima ronda comienza con el CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1981, de un mágnum cortesía de mi gran amigo Gerry Dawes. Aromáticamente fabuloso, se roba el escenario con una facilidad increíble... Un perfume cautivante de trufas, rosas, frambuesa negra, zarzamora, chocolate amargo, arcilla caliente y laurel. Tan cautivante es que no puedo dejar de oler. Con cada instante que pasa encuentro más detalles aromáticos, más profundidad. En boca, la misma fenomenal belleza: Exuberante, sedosa, profunda, con sabrosas notillas saladas de aceituna negra... Detalles muy precisos en un final largo, ancho y complejísimo. Si no el mejor “Imperial” que he probado en años, uno de los mejores.
Gerry Dawes con el fenomenal mágnum de CVNE “Imperial” 1981 que nos trajo a la cata.
Luego toca un La Rioja Alta, “904” Gran Reserva, Rioja 1981 que, aunque muy sabroso, me parece un anticlímax después del Imperial. Chocolatoso y muy frutal, este “904” es un vino fresco y vivaz aún. Y lleva la insignia estilística de la marca muy en alto. Es muy interesante probarlo después del 87. Uno se da cuenta inmediatamente de que l “estilo 904” se manifiesta muy bien sin importar la calidad comparativa de la añada. Es un estilo que enfatiza la ligereza, la gracia y un deje juguetón en el perfume del vino. Buena intensidad de frambuesa y bayas en boca, con un toque goloso de chocolate malteado en el posgusto. Hay mucha más precisión y estructura aquí que en el 87, como era de esperarse.
Me guardo un culito del “Imperial” para más tarde, sumo y sigo... El primer vino del próximo par es un Marqués de Riscal Reserva, Rioja 1973. Un poquito apestoso inicialmente, luego presenta aromas de cedro, ciruela, cereza y violetas. Un vino muy franco en boca, con bastante carácter de cabernet. Pero se queda un poco corto y el posgusto carece de complejidad. Le sigue rápidamente el La Rioja Alta, “890” Gran Reserva, Rioja 1973, que lo asalta a uno con un provocador aroma de chocolate malteado, tabacos finos, cedro, cuero, clavo dulce, cereza negra, frambuesa negra y ciruela. En boca es sorprendentemente esbelto y lleva su elegancia con una cara muy seria. Muy largo, con un deliciosamente refrescante golpe de acidez al final.
Otra ronda se inicia con el R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976. En lo que concierne a su primera impresión aromática, este vino es, en sí, toda una comida... Huele potentemente a potaje de guisantes con tocino. Mucho tocino. Esto se le va rápidamente y emergen aromas de ciruela, cereza y frambuesa negra, entrelazados con notas balsámicas, de tomillo, de cedro y hierro. Esta botella nos ha salido indiscutiblemente buenísima... En boca el vino es habla claro y pisa fuerte, pero también exhibe una sedosidad y una complejidad preciosas. Le sigue un La Rioja Alta, “890” Gran Reserva, Rioja 1970 que se ve un tanto apabullado por el poderío del Bosconia. El 70 fue un año extraño para muchos productores de Rioja. Algunos lograron vinos maravillosos, estructurados y con excelente sustancia (el “Tondonia” de López de Heredia, el “Imperial” de CVNE, el “Castillo de Ygay” de Murrieta me vienen de inmediato a la mente), pero a otros, como se dice en la isla donde me crié yo, “se les peló el billete en la lotería”. Aunque no es especialmente memorable, este “890” se las apaña para caer en la categoría de los buenos. Ligero, con aromas de violetas, tabaco, jamón curado y frutas rojas. En boca es directo, aunque le falta profundidad y complejidad. Pero posee esa refrescante acidez que es tan de los “890” en un final bastante largo y con por lo menos dos o tres capas interesantes de sabor.
Los vinos del año de mi natalicio siempre me son difíciles de juzgar. Existe el viejo elemento sentimental al probar algo tan viejo como uno. Pero también existe la consideración de lo auténticamente mala que fue la añada de 1968 en casi todo el mundo... Claro, existen excepciones y me he topado con unos pocos vinos muy buenos o excelentes con los que celebrar ciertos cumpleaños míos (Vega Sicillia “Unico”, el “Viña Bosconia” de López de Heredia y un bellísimo “Geroges de Latour Private Reserve”, de Beaulieu Vineyards, en Napa, por ejemplo). Pero la clave aquí es “pocos”.
De nuestra sexta pareja de la velada entró primero el Marqués de Riscal Reserva, Rioja 1968, que inmediatamente me pareció muy frágil. Claro, ese inconfundible toque de cabernet de los buenos Riscal hace acto de presencia en la nariz—una nota herbácea con acento de mora—junto a algo de cedro y ciruela negra. Pero el vino está decididamente cansado. En boca ya no hay brío y a medio paladar se abre un alarmante hueco. Recuerdo los grandes vinos de Riscal en los treintas y cuarentas (que ahora mismo están en la cima de su perfección) y me pregunto sobre este pobre anciano que tengo delante... Sigue el La Rioja Alta, “904” Gran Reserva, Rioja 1968, que también parece haber visto tiempos mucho mejores. Las notas de chocolate características del “904” están ahí, junto a aromas y sabores placenteros de ciruela madura, cedro y arcilla. Pero a éste le faltan ya las energías para salir y jugar de verdad.
La cata terminó con un trio de vinos. El primero fue el La Roja Alta, “890” Gran Reserva, Rioja 1959. Este es uno que no quiere saber nada de senectud y probablemente se mosquee si le mencionas la “tercera edad”. El distintivo perfil de los “890” es evidente desde la primera olida: Cedro, chocolate, tabaco fino, frutas rojas, caramelo, laurel y carne curada. Muy pulido en boca—sin absolutamente ninguna aspereza. Un rioja suave, caballeresco, con fantástica estructura. Largo, vivaz y con muchísimo detalle. La típica acidez refrescante de los “890” cierra con broche de oro el atractivo conjunto.
Luego nos sirvieron un Bodegas Riojanas, “Viña Albina” Reserva, Rioja 1952. Nadie debe dejarse confundir por lo de “reserva”. Este no es ningún vinito “medio” y nos dejó atónitos a todos por su impresionante potencia y elegancia. Hay un aroma inicial de ajo fresco, luego vienen chocolates, caramelos, arcilla, romero y frutas negras. Paso de boca sedoso. Un vino profundo, con excelente concentración de sabores (se nota mucha ciruela negra, fresca y dulce). Buen largo, con mucho detalle e inmejorable estructura. ¿Un Reserva de 52 años con tanto dentro y encima vida por delante? Que nadie lo dude.
Nuestras últimas botellas de la noche nos fallaron. Mal almacenamiento en algún punto de su larga trayectoria ha madeirizado irremediablemente ambos especímenes del Marqués de Murrieta, “Castillo de Ygay” Gran Reserva, Rioja 1934. Se trata de un vino que he probado en otras ocasiones recientes y puedo dar fe de su vitalidad y belleza. Algo de esa sustancia excepcional es aún discernible, pero olores rancios matan cualquier disfrute. Gerry y yo ofrecimos localizar un par de botellas bien conservadas, para compensar a nuestro grupo eventualmente por este chasco. Una verdadera pena.
Claro, eso de la pena también es relativo al fin, porque bebimos bastante vino excelente y aprendimos mucho en el proceso...
2.
Esta va de la noche en que finalmente conocí a un tal Joe Perry.
Joe es de Boston.
Joe no es el famoso guitarrista de la legendaria banda de rock Aerosmith, como esperaba yo que fuese.
Joe es un hombre muy joven. Eso es algo que no podía esperarme..
Desde hacía meses habíamos estado intercambiando mensajes en diversos foros de vino y un montón de e-mails. Ambos somos adoradores confesos de los grandes “vinos finos de Rioja”, hechos a la manera tradicional. Joe me ha recordado muchas veces que ese tipo de vino no es necesariamente “lo habitual” entre la comunidad de enómanos bostonianos. Se ha sentido muy cohibido durante mucho tiempo y quiere pasar muchos buenos ratos, en la medida de lo posible, con gente que entienda y comparta su peculiar afición. Joe cree que la solución a sus problemas está en reunirse con la comunidad riojófila de Nueva York. Porque nosotros “tenemos acceso...” y las tiendas que frecuentamos están repletas de tesoros. Poco importa la “tierra de leche y miel” de la que tanto cacarean los de persuasiones bíblicas varias. Joe está convencido de que es mejor tener una tierra saturada de López de Heredia, CVNE, Muga, Murrieta, etc.
Joe vino a visitarnos a Manhattan en el fin de semana en que se jugaban las eliminatorias de béisbol para la “Serie Mundial”, entre los Yankees de Nueva York y los Medias Rojas de Boston. Me sorprendió placenteramente que aquí tenía a alguien a quien las rivalidades ancestrales del deporte norteamericano le importaban tan poco como a mí. La pelota estaba muy lejos de su mente. El chico vino a beber buen rioja.
A tal efecto, reuní yo en mi domicilio a un grupito de personalidades neoyorquinas del vino en la internet. Estaba Jay Miller. Estaban Chris Coad y su esposa Lisa Allen. Estaba mi gran amigo SFJoe. Estaba el gran don Geraldo Dawes, el hombre con el que hay que hablar en cuanto a vino y comida españoles se refiere... Don Geraldo, cuya misión era la de iluminarnos a los que andamos por las oscuras sendas, de sacarnos de cualquier error, atolladero o falacia en que cayésemos durante nuestra cata... En fin, un grupito saludable y muy equilibrado, diría yo.
El Sr. Coad se me ha adelantado y ha colgado, como tanto le encanta hacer, sus notas sobre este evento en otras webs.
Me parece un recuento certero de lo ocurrido, en cuanto a vino y en cuanto a gente. El sencillo menú urdido por mí para la velada incluía “montaditos” de bonito y alubias, mis champiñones al palo cortado, más lomo de cerdo a la parrilla con papas al horno y coulis de piquillos. Que Chris haya descrito con lujo de detalles los alimentos me deja libre para ensalzar y azotar los vinos que probamos.
El joven Joe había colgado en el Wine Lovers’ Discussion Group, algunas semanas antes de este evento, algo que yo consideré sumamente atrevido. Se había figurado su propio “ranking de riojas” en base a su experiencia, que el mismo confiesa “algo limitada”. No hay que decir que esta aventura forística causó muchísimo revuelo entre todo tipo de cibernautas amantes del rioja, fuesen de onda “tradicionalista” o “altoexpresionista”. En su visita a Manhattan, yo me propuse aclararle un poquito más las ideas a este muchacho, poner puntos sobre íes y tildes sobre eñes, sacar a Joe de algunas dudas... ¿Lo logré? No lo sé. Pero bebí unos cuantos vinos interesantes intentándolo...
Lo que bebí:
Txomin Etxoniz, Getariako Txakolina 2003: Nariz de cítricos y manzana amarilla con interesantes aspectos marinos, de hierba y de aceituna verde. Me recuerda un poco a los atípicos muscadets del 2003, pero sin ser tan extraño como estos vinos. Franco en boca. Un golpe de limón y ya. Un blanquito sencillo y refrescante.
Ameztoi, Getariako Txakolina: Un poquito de carbónico en el ataque. Ligero y, francamente, algo hueco y aburrido. En boca es fresco, con notillas cítricas y de mar salada. ¿Pero qué importa? Lo olvidas casi antes de metértelo a la boca.
Remelluri, Blanco, Rioja 2001: Un vino hecho por la buena gente de Remelluri en base a una peculiar mezcla de como siete variedades que en algunas mentes no pegan ni con cola. Esta aventurera miscegenación varietal lo hace “el Caymus “Conundrum” de Rioja, lo que no es nada particularmente bueno en mi esquema de la vida y el universo. Y la comparación con el “Conundrum” no acaba con la mescolanza de uvas. También lleva encima cantidades industriales de vainilla que no parecen tener ningún propósito más que el de “maquillar”. A esto le llamo yo “el aburrimiento fermentado en barrica”. Anodino. Encima es bastante oxidativo. Conservo lo que queda después de la cena durante varios días y el vino se deteriora rápidamente, sin adquirir en ningún momento ninguna cualidad que lo redima.
R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1985: Los Tondonias blancos son un gusto adquirido, tanto para los españoles como para los norteamericanos. En nuestro grupo, algunos se mostraron muy escépticos para con el perfil aromático de este vino. Pero la botella fue drenada bastante rápido, lo que me asegura que, pese a cualquier queja peregrina, el vino gustó. Es de un color amarillo-limón más vivaz que el del Remelluri. Tiene notas oxidativas, pero en este caso sé que están ahí adrede. Queda madera por integrar en este Tondonia, pero las capas y capas de cítricos, minerales y especias que me encuentro lo hacen ya una experiencia muy interesante. Muy apretado en boca. Necesita unos quince años más de botella para que comience a cantar de verdad.
R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado, Rioja 1993: Una muy buena botella de este vino que ocurre tan frecuentemente chez Camblor. Color [piel de cebolla con destellos cobrizos, brillante. Térreo, especiado, cítrico y muy frutal, con acentos de laurel y viva acidez en un posgusto muy largo. Un vino para beber y gozar, del cual no me cansaré nunca.
Nikolaihof, Riesling “Vinothek”, Wachau, Austria 1990: Se ha pasado trece años en Füder de madera vieja y es la fabulosa idea que tiene SFJoe de lo que hay que traer a una cena donde el tema es “Rioja”. Un vino imponente, que se desarrolla en la copa durante horas. Comienza tímido, con notas sutiles de albaricoque, toronja y minerales. Pero cuando se abre, lo hace dramáticamente, adquiriendo peso y mostrando una auténtica panoplia de aromas puros de riesling. Profundo, elegantísimo y exquisitamente preciso. Un vino magnífico, con mucha vida por delante aún.
Contino, Reserva, Rioja 1996: Se suponía que esta botella abriese una horizontal “comprensiva” de los vinos de esta bodega, avatar de la modernidad riojana, en 1996. Pero una dosis de TCA se interpuso y el desorden de mi bodega me impidió encontrar otra botella a tiempo... Hubo que seguir rapidito.
Contino, Gran Reserva, Rioja 1996: Algunos apuntes de David Rosengarten y Gerry Dawes me habían hecho esperar algo muy distinto de este vino. Hablaban de alcohol elevado y una cierta rusticidad. Pero me sorprendió esta botella... Un vino fresco, que se mueve con mucha gracia y se deja beber admirablemente. Bien logrado, con buena intensidad de frutos rojos y una textura sedosa. Se le nota bastante madera nueva, pero no dudo que integre bien con unos añitos de botella.
Contino, “Viña del Olivo” Reserva, Rioja 1996: El Olivo del 96 fue, si no me equivoco, el segundo o tercero hecho por Jesús Madrazo de este pago y comercializado por Contino. He leído muchos reportes en Verema sobre lo bien que se está manifestando este vino ahora mismo y eso me animó a culminar mi secuencia de Continos con él. Pero lamento decirles que las botellas que tengo de este lado del charco andan algo rezagadas en el tema de abrir y mostrar sus virtudes... Un vino reticente, que solamente deja ver madera nueva y una fruta muy concentrada, pero con poco detalle discernible. No dice casi nada ahora mismo. Madera y concentración con notillas de salsa de soya y tierra en un posgusto compacto y tánico. Necesita tiempo, pero no me atrevo ni siquiera a especular sobre lo que va a pasarle y en qué va a convertirse.
Marqués de Riscal, Gran Reserva, Rioja 1996: Ligero y herbáceo, afrutado y de muy fácil beba, con un toque de moras cabernéticas. Creo que en las tiendas cuesta unos US$40, que me parecen demasiado dinero para lo que es.
Bodegas Faustino Martínez, “Faustino I” Gran Reserva, Rioja 1982: Plano, diluido y aburrido, con notas de hojarasca, hierba seca y ciruela. Es el tipo de vino sin encanto alguno que puede dar la razón a los que condenan el “rioja tradicional” en base a una o dos muestras muy cuestionables.
Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja: De la selección recientemente importada por Jorge Ordóñez a EEUU, esta botella no se parece en nada al Prado Enea 81 que recuerdo yo de las partidas que sacara al mercado la bodega originalmente. Ese era un bello vino, amplio, perfumado y estructurado, con todos los indicios de un buen potencial de guarda. Pero esta muestra, muy en contraste, es bastante vegetal, falta de sustancia y descoyuntada en su breve posgusto. No es la primera que me sale así de este lote, por cierto. ¿Qué puede haber pasado?
Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja 1978: ¡qué diferencia! Sedoso, elegante y muy satisfactorio, con un final complejo en el que resaltan notas de chocolate. Un Prado Enea madurito “como debe ser”.
CVNE, “Viña Real” Gran Reserva, Rioja 1976: Una botella no representativa de este vino, que ha sido extraordinario en tantas otras ocasiones. Algo hueco y sin enfoque.
Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1973: Una primera botella nos salió corchada y yo, determinado a que no me volviese a pasar lo mismo que con el Contino reserva 96, corrí a la bodega. Esta vez sí encontré un reemplazo que resultó verdaderamente excelente. Elegante, suave, térreo y floral, con bella textura y acidez vibrante. Creo que está en un buen punto ahora.
CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1970: Como de costumbre, bellísimo. Probablemente es el mejor rioja del 70 que conozco, por lo pleno, delicioso e impecablemente elegante que es. Frambuesa negra y cereza, acentuadas por chocolate amargo, cuero, tierra y especias. Perfecta textura e impresionante largo.
Bodegas Mauro, Crianza, Tudela del Duero 2001: Ya entrados en copas, se vale todo. Yo, en el espíritu de la diversión (y la diversidad), salí de la bodega con esto en la mano. Un Mauro Crianza muy correcto, afrutado y con mano ligera en el tratamiento de roble (en contraste marcado con ciertos vios de gama más alta de Mariano García). Claro, lo de “mano ligera” no quiere decir que no lleve una dosis significativa de madera nuevecita... Necesita tiempo para integrarse.
Capafons-Ossó, “Mas de Masos,” Priorat 1998: Otro que saqué para ver las reacciones de mis comensales... Compré la botella en la sección de “finales de lote” de Garnet a un precio muy descontado. Pensé que sería bueno exponer al grupo a un ejemplar proveniente de esa otra “gran región vinícola española” de la que tanto habla la prensa y que, según Robert Parker, “amenaza el reinado de Rioja”. Pues creo que Jay Miller describe el vino perfectamente con dos adjetivos: “grande” y “morado”. Potente, pero llano y torpe. Mucha madera. Mucho alcohol. Cero detalle. Cero interés.
Botellísticamente hablando, nuestra velada no fue de las más afortunadas. Tanto TCA y unos cuantos vinos que no se comportaron a la altura que les correspondía... Pero nos divertimos mucho. Y tuvimos la oportunidad de torturar a este nuevo chico con un jeebus de todas todas, bullicioso y etílico (es que nadie que no lo haya presenciado nunca se espera lo que en verdad es un jeebus). Y de Boston el muchacho, fíjense ustedes...
3.
Lo que iba a ocurrir en Alcalá (la reencarnación de Marichu, ese gran restaurante vasco al lado de las Naciones Unidas, que recientemente cambió de propietario) era una de esas catas organizadas por Brad Kane con un tema al que había—supuestamente—que adherirse estrictamente. Todos los vinos de un tipo, sin excepciones, etc.
Normalmente, los reglamentos y las restricciones lo único que logran es desatar el esmerado y gamberro demoniete que hay en mí, pero esta vez el tema establecido por Brad me parecía espléndido y a prueba de relajos míos. El hombre dijo “rioja viejo” y yo, por primera vez, no me sentí inclinado a trapisondas subversivas de bizantina complejidad. Porque, ¿de qué serviría subvertir un tema tan delicioso como “rioja viejo”?
Fue así como me encontré en Alcalá, unido a Brad, Steve Plotnicki, el Profesor Gilman, Gerry Dawes, el inimitable Dr. K. y un nuevo amigo, David Wainwright, del departamento de vinos de la casa de subastas Christie’s. Aunque el restaurante había cambiado de nombre, los camareros eran los mismos de siempre y el menú contenía muchos de los deliciosos platos que tanto nos deleitaran cuando Teresa Barrenechea regentaba la cocina del local. Dejamos que Gerry ordenara una secuencia de tapas para toda la mesa y nos despreocupamos, para poder concentrarnos mejor en el vino.
La primera botella definitivamente no provenía de Rioja, pero no iba a ser yo quien se quejase... Puede que lo de traer austriacos de alto calibre a nuestros maratones riojanos se haga un hábito, lo que me parece muy saludable. El Nikolaihof, “Im Weingebirge” Riesling Spätlese Trocken. Wachau. Austria 1986 venía en una de esas teutónicas botellas ridículamente largas de las que han provocado tantas pesadillas de almacenamiento en mi bodega a lo largo de los años. Aromas golosos, con acentos de savia y mucha fruta carnosa (melocotón blanco, pera). También, atractivos elementos florales (gardenia, ilang-ilang). Elegante, sabroso y complejo en boca, con acidez firme y un final tenso que revela cierta profundidad mineral.
No parecía haber más blancos sobre la mesa, así que procedimos a catar algo que Gerry nos había traido envuelto en papel de aluminio. Quería saber nuestra opinión sobre este vino... Yo me manifesté inmediatamente. Un masacote de mermelada de frutas rojas, láctico, enmaderado y monolítico. Muy poco encanto, si alguno. Y menos estructura. Precisamente por la total falta de carácter del vino, reconocía su perfil, recordado de otros encuentros. Y sabía que era un vino que había provocado muchas opiniones encontradas. Me aventuré a adivinar que se trataba del Pesquera, “Janus” Reserva, Ribera del Duero 1994 y resulta que la pegué. Francamente, era una parada que podíamos habernos ahorrado en el camino hacia el tema de la noche...
Una botella de Bodegas Riojanas, “Monte Real” Reserva, Rioja 1998 comenzó a circular en la mesa. El vino, que últimamente me sale hasta en la sopa, estaba exactamente igual que en la última ocasión que lo probé, unas semanas antes. No tiene sentido soltarles una nueva nota. Suficiente decir que es un vino delicioso y estructurado, con una relación calidad-precio excepcional.
Tras el Monte Real, al fin surgió el primer vino que podía clasificarse legítimamente como un rioja “de cierta edad”. El Contino, Reserva, Rioja 1981 se portó estelarmente en esta cena y me recordó que el 81 fue una gran añada, aunque algunos la subestimen. La idea original de Contino parece haber sido de modernizar el rioja tradicional, pero manteniendo la elegancia y el carácter regional de un gran “vino fino de Rioja”. Bajo Basilio Izquierdo, quien era el enólogo de Contino en aquella época, esta idea se llevó plenamente a fruición y los resultados, en este 81, hablan por sí solos. El vino comienza apretado, con su fruta apareciendo tímida y compacta. Hay bonitas notas de violetas en un paso de boca suave. El final es etéreo. La primera impresión, a decir verdad, no te deja con mucho... Pero or suerte yo puse a un lado mi copa, para poder apreciar la evolución del vio a través de unas horas. Al volver al vino tras hora y media, se había abierto sorprendentemente, revelando aromas y sabores de tabaco, chocolate amargo, frambuesa negra, ciruela, té, laurel fresco y arena caliente. Complejo y muy elegante. Aguantará bastante en botella todavía.
Un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1978 casi se me hizo demasiado volátil, con sus aromas de cedro, cáscara de naranja, ciruela y arcilla apabullados por un vaho de acetona. En boca, bastante mudo. Decididamente, una botella maluca de un vino que en otras ocasiones ha sido buenísimo.
Pues sucede que había yo abandonado demasiado temprano la esperanza de que apareciesen más blancos. Cayó inesperadamente un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1976, otro viejo amigo sobre el cual he reportado ya incontables veces. Esta botella tenía las habituales notas oxidativas, seguidas por aromas de maderas finas, chocolate blanco, membrillo, romero seco y cáscara de limón. Muy enfocado en boca, con acidez refrescante, una bonita banda de acidez y un final largo en el que aparecen notas de pudín de pan y encantadores acentos salados.
Si fuera posible, el Muga, “Prado Enea” Gran reserva, Rioja 1978 que probamos después estaba aún mejor que la botella que abrimos en mi casa durante la cena en honor de Joe Perry. Un vino musculoso, intenso e intrigante, muy complejo... Se le siente muy vital y joven. Aromas de especias de repostería, maple, laurel, naranja confitada, tierra, ciruela y cereza. Vivaz y vibrante en boca, con un final largo y ancho que te habla en “surround sound” de la impecable casta de este vino.
Hace un año, en Barcelona, me topé por primera vez con el La Rioja Alta, “Centenario 1890-1990” Reserva, Rioja 1973. El vino me impresionó mucho aquella vez y me sentí muy feliz de verle aparecer en nuestra mesa de Alcalá. Potente, cálido y muy sexy, con aromas y sabores de arándano, cassis, canela, tierra negra, cedro y tabaco. Suculento, con un paso de boca aterciopelado y un posgusto muy largo y complejo. Un vino verdaderamente delicioso.
El R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran reserva, Rioja 1970 que traje yo a la cena junto con el Contino del 81 tampoco nos defrauda. Un Tondonia pulido, elegante, especiado, achocolatado, con mucha fruta. Equilibrado, largo y complejo. Me siento tentado a llamarle “mi Tondonia favorito de los setentas...”.
Una botella de Marqués de Murrieta, “Castillo de Ygay” Gran Reserva, Rioja 1970 nos salió penosamente corchada. Odio cuando pasa esto., que en este caso es especialmente lamentable, porque el 70 es un Ygay riquísimo.
Bueno, a la busca de algo bueno volvimos... Y no nos fue tan bien. Un La Rioja Alta, “890” Gran Reserva, Rioja 1970 parecía estar bien—aromas de chocolate, cedro, cuero y ciruela—hasta que, con un poco de aire, comenzaron a notársele pestecillas a humedad algo perturbadoras. Las banderas rojas comenzaron a levantarse por toda nuestra mesa. No estaría completamente destruido, de hecho, se podía beber, pero de que estaba estropeado no cabía duda...
A esto siguió una botella con una de las horriblemente folclóricas etiquetas viejas de Bodegas Faustino Martínez, que, al menos en mi mundo y gracias a una serie de experiencias muy negativas con los vinos, son tan reconfortantes como ver buitres sobre la carretera. El particular vino que me ocupaba en este momento era un Bodegas Faustino Martínez, “Faustino I” Gran Reserva, Rioja 1964 y parecía ir solamente de un tema: Deunción. Defunción de la que descarna, deja sin estructura y hace horrible... El vino más muerto que he probado en mucho tiempo. Me puso, por lo menos momentáneamente, de un humor muy oscuro.
Por suerte algo bueno llegó al rescate: Un CVNE, “Viña Real” Gran Reserva, Rioja 1954. Es más, me quedo muy corto: Debería decir “algo magnífico” y no meramente “bueno”. Este vino siempre me impresiona, haciéndome pensar que probablemente vivirá unas cuantas décadas más que yo. Fantásticamente perfumado, expresivo, elegante... Me fallan los adjetivos ante este gran Viña Real, tan cargado de aromas de ciruela negra, frambuesa, cuero, pedernal, tabaco... Profundamente complejo, vivaz y fabuloso.
Claro, uno pensaría que el Viña Real 54 sería un buen momento para declararse satisfecho e irse a casa a dormir tranquilo. Pero gracias a la generosidad y la amplitud de la bodega de Steve teníamos sobre la mesa otra tremenda pieza de historia, un R. López de Heredia, Rioja 1920 en botella borgoñona (María José y Mercedes López de Heredia me han confirmado que se trataba de Viña Bosconia de un momento histórico en que solamente la forma de la botella era suficiente para identificar el vino). La mera oportunidad de degustar esto, aunque hubiese estado muerto, hubiese sido móvil de apasionadas conversaciones durante meses y meses. Nada más esa singular leyenda que pone la etiqueta, “Pídase en todas partes”, es algo entrañable e intelectualmente provocador para los que nos volvemos locos por la historia del comercio. Pero el vino mismo nos sorprendería tremendamente...
A la más bella del baile, aunque estuviese vacía, me la llevé a casa conmigo. Así se despertó a la mañana siguiente...
Aromas del mejor parmigiano reggiano (de esos olores de queso ocurren con frecuencia en los mejores burdeos viejos), humo, hongos secos, espresso, sotobosque y fruta negra muy viva. Grande, mullido y autoritario en cuanto a su mensaje de vitalidad. Cuando te cae en la boca puedes tocar su profundidad y sentir sus músculos. La acidez te hace agua la boca y algo de los taninos, por increíble que parezca, aún está por resolverse—son firmes y enérgicos como en un vino mucho más joven. Larguísimo y complejo posgusto que se manifiesta en capaz. La acidez hace sonar interesantes notas de manzana. Hay un toque de té negro justo al final. Un vino increíble (de hecho, como hubiese dicho Borges, un vino “improbable”, porque creer es fácil). No sólo vive, sino que promete para veinte o treinta años más. Me hace pensar en lo que podrá convertirse el imponente Bosconia 47 dentro de un cuartito de siglo más, cuando llegue a la edad de este 20.
Sobrecogido por este fenomenal Bosconia, le presté muy poca atención al único vino de postre que me pusieron delante. Era el Huet, “Le Haut Lieu”, Moelleux, Vouvray 1990. U vino demasiado joven para disfrutarse ahora. Muy apretado y mostrando solamente remanentes de aromas primarios—melocotón, fresa, allbaricoque. Largo posgusto, con aguda mineralidad. Pero esto no fue más que el infanticidio de una botella que hubiese estado regia en veinte o treinta años.
Un par de vinos como el Viña Real 1954 y el Bosconia 1920 son suficiente como para hacer a un hombre mayor llorar. De pura alegría, claro... Pero aún ante estos monumentos no puedo olvidarme de los otros momentos de gloria de las semanas sobre las que relato aquí. El maravilloso Imperial 81. El “humilde” Viña Albina Reserva 52, tan vital y elegante. El delicioso Prado Enea 78, el fragante Monte Real Gran Reserva 73... El Contino 81, el “Centenario” 73 de La Rioja Alta... Me dan ganas de gritar a los cuatro vientos lo excelentes que son estos vinos. Pero también siento un impulso egoista, que me invita a callar y quedarme con el secreto, asegurando que queden muchas botellas que pueda yo comprar a precios atractivos. Al final, escribo. Es lo único que puedo hacer para rendir tributo a vinos grandes de verdad.
Mil gracias a todos los que organizaron (o, en el caso de la cena que hice yo, que ayudaron a organizar y asistieron a) estas magníficas noches. Y a los que trajeron esos vinos que las hicieron aún más inolvidables, pues, espero poder reciprocarles. Bien pronto.

