Cada vez me sorprenden más los espumosos y los blancos...
O cada vez me aburren más los tintos. Sí, ya sé que es el tema de siempre de los que no bebemos tintos, pero no voy por ahí. Hablo de sorpresa.
Me explico un poco más. Para probar un vino tinto que me emocione y me descubra algo extremadamente bueno, algo único, con carácter, con personalidad, algo diferente al resto, algo que se salga del "rojo picota, fruta negra, especias, tostados, buena acidez, y correcto recorrido", he de tragar y tragar botellas.
Sin embargo, cada blanco es un mundo, cada espumoso tiene un matiz distinto. Hablo de gama alta pero también de gama media, no necesariamente de vinos top o excesivamente costosos. Y que ahora no me venga nadie con los verdejo, que cuando pillas alguno de los de Ossian o un Pie Franco de Blanco Nieva te quitas el sombrero. No me seáis demagogos.
Y en espumosos la cosa no va desencaminada. Qué cosas más curiosas, qué personalidad sacan muchos de estos vinos. Qué estilos tan distintos puedes encontrar en los Gramona o en los Albet i Noya, en los Recaredo, en los Agustí Torelló, los Llopart, en los Roederer o en los vinos de Selosse, en los Pierre Peters o lo Bolinger.
Y no me meto ya en los vinos generosos porque eso es ya la repera, porque en cada bota encontramos un mundo distinto.
¿Estoy muy mal doctor?
Saludos
Dani