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Sin motivo aparente, me pongo a repasar lo que vi y sentí, sentada en una décima tercera fila. Pasé de todo, menos hambre. En una ciudad idílica y lejos del mar el espíritu mediterráneo pasea por las orillas del amor buscando éxito profesional, reconocimiento y un hueco dentro del clan gastronómico de la Europa central. Hace frío pero, aún así las noches se riegan con cerveza, entre la lucha diaria de cocinar para sobrevivir y las tertulias que rozan el nivel de un estudiante de erasmus. Una langosta con habas se espolvorea con almendra cruda y se declara exquisita. Unos pobres espaguetis se emplatan y se decoran con copos de caramelo de menta, previamente fundido en el microondas. Mucho se cuece pero apenas huele, una cata a ciegas... |
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