Restaurante de los de toda la vida en Salamanca, situado junto a la Casa de las Conchas y frente a la fachada de la Universidad Pontificia, en plena zona turística. Ignoro si sigue siendo la popular casa de comidas que era hace unos años, cuando tenía entre los estudiantes su público más fiel, aunque mucho me temo que los gustos de estos últimos están más hoy en día en la línea de la comida rápida. La idea de ir a comer a este local surge sobre la marcha, cuando la pareja con la que estamos visitando la ciudad, que en sus años mozos estudiaron aquí, propone entrar al pasar junto a él para recordar viejos tiempos.
El restaurante tiene el encanto de estar alojado en un edificio histórico, con las paredes de piedra a la vista, pero es de líneas un tanto austeras y no resulta muy cómodo. El comedor estaba casi vacio, pero posiblemente se debiera a que era una hora ya tardía. Su carta cuenta con platos de cocina clásica, con un importante espacio para la cocina vegetariana. Nos decidimos por su menú del día, que por 12€ permite comer 3 platos y postre. En mi caso elegí lo siguiente:
- Ajoblanco con daditos de manzana: de tacto un poco basto, apenas tenía sabor. No llegaba al aprobado.
- Ensalada de bacalao: mucha lechuga y presencia testimonial del bacalao.
- Redondo de ternera: desde luego que no va a ser un pato para el recuerdo. Correcto, sin más.
- Rodaja de melón: lo mejor de la comida, dulce y fresquito.
Aunque el menú incluía vino de la casa, pedimos uno de su carta, que contaba con alguna cosita interesante. Se trató de un 575 Uvas del Cámbrico 2006 (24€), un tinto elaborado en la Sierra de Francia, en el sur de Salamanca. El vino fue servida en copas correctas y a buena temperatura. Terminamos la comida con unos cafés y algo desencantados, si bien por lo que pagamos poco se puede pedir. Lo que no teníamos claro del todo es si la cocina de este restaurante ha perdido nivel con los años o si nosotros con el paso del tiempo nos hemos vuelto más exigentes.
Pero ya ves que les vuelvo a dar otra vez la oportunidad de que me gusten. Tras la experiencia, me reafirmo en lo visto hasta ahora. Este estaba más pasado de alcohol que algunos en la última de la Cigaleña. Imagino que integrar un 15% de alcohol en un vino debe ser complicado y este desde luego no lo había conseguido. El peor de esta bodega de los que he probado hasta la fecha. Supongo que será cosa de la botella, pero se me hace raro que todas las malas me toquen a mí. El buen recuerdo que me dejó hace unos años un Cámbrico Rufete 2005 hace que les perdone todo, aunque supongo que también tendrá que ver el hecho de que haya nacido en Salamanca.
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