Ristorante de Calarossa, una idílica urbanización a pie de playa, a 7 kilómetros del pueblo más cercano, 3 de ellos de pista sin asfaltar.
Son todo pintorescas casitas de dos aturas, con un pequeño apartamento de 45 metros en cada planta, y además de acceso a cala privada (Calarossa) tiene un par de piscinas, bar, discoteca al aire libre, supermercado, pizzería… y este restaurante que paso a valorar.
El ristorante es muy, muy agradable, absolutamente estival, mediterráneo. Se respira frescura. Se encuentra en un punto alto de la mencionada urbanización, construida sobre una ladera que cae al mar, por lo que por las noches corre una brisilla de ensueño.
Todas las mesas están colocadas al aire libre, o bien en terraza cubierta o bien descubierta.
La estructura de la cena es siempre la siguiente:
• Antipasti: buffet libre.
• Pasta: un par de referencias distintas cada noche.
• Principales: un pescado y una carne.
Puedes repetir tantas veces como quieras y el sistema es self-service, aunque en la sección de pasta y principales hay dos cocineros con altos gorros que te sirven muy amablemente.
El precio, sin bebidas, oscila entre 22 y 28€ por persona.
Varían determinadas noches alguno de sus componentes, no su estructura ni sus platos fijos.
Así los lunes, cena sarda; los miércoles, la pesca… y de vez en cuando cambian de temática según la fecha (ferragosto u otros, lo que se les va ocurriendo).
Cenamos ahí 3 noches, una fue cena normal, otra sarda y otra de pescados.
La pasta está buena pero a mí no es una cosa que… Podías encontrar macarrones, raviolis, malloreddus, espaguetis… Siempre dos, y la mayoría de la gente pedía un mix de ambos.
Los principales, irregulares. Probé cosas mejorables y cosas buenas. Nunca malas. Lo que más me gustó fue una orata (dorada) enorme salvaje que estaba de morirse y un agnello arrosto (cordero adulto al horno) que te lo servía con la mano -llevaban unos guantes- junto con una patata asada envuelta en papel de plata.
Pero, amigo, lo verdaderamente destacable eran los antipasti. Una variadísima y constantemente renovada oferta de platos fríos, tales como verduras de todo tipo asadas servidas frías y ligeramente adobadas (tomate, cebolla, calabacín, berenjena, pimientos, aceitunas, pepino), pescados marinados (pez espada, boquerones, autóctonos), ensaladas de todo tipo… Aquí la calidad y la destreza en cocina era máxima, muy superior a la mostrada en pastas y principales. Me quedo con el recuerdo de: las verduras, todas ellas parecían recién traídas de algún huerto cercano; de un patè di pomodori, paté de tomates secos que yo no sabía identificar por lo que tras largas y reflexivas degustaciones me pudo la curiosidad y me dirigí al cocinero, que no hablaba más que italiano y sardo, y muy elocuentemente y acompañado de gestos me dijo sonriendo: “sólo tomate, sol, sal y batidora” (de verdad, algo espectacular); y otro antipasti que recordaré será l'insalata di aragosta, una ensalada de langosta que pusieron un día con la que me cebé (qué textura y qué sabor).
Yo casi todos los días me empleaba con los antipasti y probaba testimonialmente, sólo testimonialmente, la pasta y los principales, por aquello de no quedar mal… El cocinero jefe me vigilaba y animaba desde que le pregunté por el paté de tomates secos… y yo soy muy cumplido.
La carta de vinos no estaba mal. Nosotros, cómo no, siempre bebíamos vermentino. Y las tres noche el mismo: Is Argiolas 2012, un Vermentino di Sardegna de 14.5 grados de la bodega Argiolas (creo que es su top en blancos) que era brutal. Le pregunté a Antonio por el mejor vermentino que tenía (ofertaban 7 ú 8) y nos dijo sin dudar que éste, y somos muy obedientes… Las copas discretas sin más, y el servicio inexistente. Pero ese vino podía con todo.
El servicio, numeroso, servicial y muy simpático, capitaneado por Antonio, un sardo encantador.
Grato, muy grato recuerdo de las veladas familiares en Calarossa.
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