Recomendado por la simpática y profesional directora del Hotel Carlos III comparecimos en este precioso marco, con el mar rodeándonos a babor y a estribor y con ganas de tomar una paella, antes de retornar a Madrid. El equipo del restaurante muy profesional se hizo cargo de nuestras apreturas con la hora de salida del avión y aunque comer rápido no es lo más recomendable ni aconsejable, se cumplió con creces con la expectativa. Se trata de un local muy bien puesto, con una refrigeración que funciona, y aunque cabe la opción de la terraza, el viento que azotaba el entorno hacía muy prudente la opción interior. Vi buena bodega y detalles de "sitio serio". Un pan magnífico (0,80) para acompañar unas aceitunas, una cerveza sin (regalo de la casa) y un martini rojo (3,50 €) dieron paso a los consabidos mejillones de roca (9,00 €) de muy buena factura y punto y unas gambas de buen tamaño y plancha (30,00 €). La paella de marisco (algo de langosta -patas y de las delgadas-; dos cigalas y dos gambas) sabrosa pero no es de las mejores de mi vida, aunque estaba muy en su punto de sal y entero el arroz (al que quizás le faltó reposar el tiempo que nos teníamos. La paellera volvió sin un grano a cocina. Un pudding de brossat (queso mahonés) muy rico (5,50 €) y una botella de Sumarroca Blan de Blanes de 2012 (no me dieron opción de media botella) pero era vino recomendado a 12 €, y no era plan llevarme de viaje la media botella que dejé en la heladera. Un café magnífico (1,50 €) puso digno colofón a una comida más que buena y que sirvió para comepensar el mal sabor de boca de la noche anterior.
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