Tras dar varias vueltas por el mundo, Pablo Chirivella vuelve a la terreta e inicia un nuevo proyecto personal, echando raíces en su propia tierra. Y es que de raíces va el tema.
En la casa de sus abuelos abre su nuevo restaurante, una preciosa alquería perfectamente conservada y cuidada por la familia, un escenario que ya predispone a disfrutar al máximo de la cocina que, como no podría ser de otra manera, es de producto, de raíces valencianas, mediterráneas, pero también con el poso de los viajes del cocinero, de su estancia en el País Vasco, del amor por el fuego y la brasa donde se cocina el pescado, la carne y el arroz.
En nuestra primera visita nos dejamos llevar y optamos por un menú degustación de 35€ que incluye el vino, aunque acabamos cambiándolalo y preferimos pagar un poco más y escoger algo de la sorprendente carta.
Empezamos con una ensalada de tomate valenciano, cebolla y atún marinado. Toda una declaración de intenciones: esto es lo que es, sin trampa ni cartón. ¿Cocina honesta? Como lo quieran llamar.
Buñuelos de bacalao, muy ricos, más compactos de lo que solemos encontrar, con buen sabor y textura.
Alcachofas con jamón, nada más y nada menos. Una imagen vale más que mil palabras.
Manitas de cerdo con coliflor, uniendo el sabor dulce de la col con la textura del cerdo. Un plato muy rico.
No soy de comer paella fuera de casa, no me llama la atención ir a comer un plato que en casa se hace tan bien, pero ante la insistencia del camarero, que nos invitó a probarla, además de saber que aquí la paella se hace a leña de naranjo, no tuvimos otro remedio que claudicar. Buenísima, una de las mejores paellas que hemos probado fuera de casa.
Pero a mí lo que me interesaba era volver a comer el pescado a la brasa, algo que es prácticamente imposible en Valencia. Y allí estaba aquel rodaballo imponente esperándome. Perfecto de punto de brasa, de sabor, con esa gelatina que se forma en los bordes…
De postre un bizcocho con dulce de leche y yogur, sin excesos de dulces y perfecto para terminar la gran comilona.
Nos estuvieron enseñando la carne con la que trabajan, que tiene muy buena pinta y a la que no tardaremos en hincarle el diente pero desde luego, el pescado a la brasa es para mí un plus, un punto de diferenciación. Y ojo a esas paellas a leña.
La carta de vinos es muy interesante, buenas referencias de distintos precios y relevante presencia de los espumosos y los blancos, que son los vinos que mejor casan con esta cocina. Servicio amable en todo momento, muy atento y cercano. Cristalería de buena calidad (Schott y Riedel) que acompaña el servicio.
Sin duda volveremos a probar nuevos platos.
Nota para navegantes: Beniferri es una pequeña pedanía que la ciudad engulló, situada frente al Palacio de Congresos. Una de esas pequeñas poblaciones escondidas dentro de la ciudad que sin duda sorprenderán al que se de un paseo tras la comida.
No puedo estar más de acuerdo con tú crónica. Es un lugar que pienso volver pronto porque la vivencia de ayer fue memorable.
P.D.: Las noches bien? ;-)
Me alegro de que te gustara, Javi.
Las noches como cuando era un adolescente, laaargas ;-)
Saludos
Dani
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