Quedamos encantados con este restaurante mejicano. Local diminuto, con cinco o seis mesas altas, se trata más de un bar con mesas que un restaurante propiamente dicho, sin embargo, lo cierto, es que estuvimos muy cómodos (nos comentaron que ya estaban buscando un local más amplio para trasladarse). El servicio pausado y muy amable.
En cuanto a la comida, nos pareció de una gran autenticidad, clásica, sin excentricidades, pero magníficamente elaborada. Sorprende el punto ligero de picante, que contrasta con el potentísimo que imponen a la fuerza en algún otro premiado restaurante.
Destacaron: el guacamole, muy suave y con un toque especial de las pipas de calabaza tostadas, los chilaquiles divorciados y especialmente los tacos, todos ellos fabulosos (absolutamente imprescindibles los de cochinita pibil y los de langostinos al pastor). No tomamos postre.
La carta de vinos, escasa y reducida a tintos, pero no creo que penalice ya que con esta comida lo suyo es la cerveza o el tequila. Por otro lado, es un buen lugar para adentrarse en el mundo del mezcal, ya que disponen de una magnífica colección a precios bastante razonables. Quizá haría falta algo más de variedad de cervezas.
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