Ubicado al final de la calle principal, junto al Tejadillo dorado (al que conviene entrar), girando a la derecha y a pocos pasos se encuentra este local.
No es un restaurante, sino una cafetería con mesitas (pocas) a la puerta con un escaparate en el que tienes filas de strudel de diferentes colores y sabores: la clásica de manzana, la de doble queso, albaricoque con miel y nueces, de cereza y chocolate y cinco o seis más, que no recuerdo.
Una pausa en el camino del sufrido turista se hace necesaria para reponer fuerzas, dejar descansar los pies y aportar azúcares para seguir el recorrido de la ciudad.
Todas las que probamos estaban tan buenas como para apetecer repetir, pero ojo que las raciones son amplias y el producto llena fácilmente. Es bueno acompañar con café y agua.
También la opción de strudel para llevar, incluso para transportar de regreso a casa, bien empaquetadas.
Un lugar imprescindible para visitar y conocer la gastronomía local.
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