Éramos 8 personas, todas muy acostumbradas a ir a restaurantes. De hecho, entre todos, acumulamos una experiencia gastronómica más que importante. Alguien nos había recomendado este restaurante y decidimos probar suerte. El local es minúsculo. Se puede fumar, con lo que, dada la estrechez del recinto, puedes degustar sin problema alguno toda la gama de la tabacalera española. Es bueno llevarse una chaquetita, pues cuando el local está ya ocupado por la espesa niebla de los cigarrillos ponen en marcha una especie de bomba estractora y aire acondicionado que te hiela hasta las pestañas. El servicio es lento. Tuvimos que levantarnos hasta la barra para pedir unas cervezas mientras esperábamos (claro que de la mesa a la barra hay dos pasos, eso es verdad). Ni un detallito de la casa: unas olivitas por lo menos, un aceitito para mojar....El menú degustación cuesta según las guías unos 35 euros(lo que no te dicen es que los postres no entran). Son seis platos de una pasmosa vulgaridad: tatakis de atún y bacalao (de lo más normalito, pero, eso sí, en las microscópicas cantidades que exige la modernidad); una tapita de fideuá con un alioli por encima que parecía dos cucharadas de mahonesa de amarillo químico y que luego se deshacía en la boca...la he comido mejor hasta en las bodas; un risotto con bacalao y trufa (con un penetrante olor a butano); caramelos de Cabrales con higo: ¡oh, qué original!; unas delicias de pato para olvidar y un lomo de cerdo con habitas crudas vulgar vulgar vulgar, también para olvidar. Lo que no podremos olvidar durante bastante tiempo son los postres: un coulant de chocolate con una especie de blandiblup verde por encima sencillamente asqueroso, y una cucharada de papilla de manzana al horno con un inapreciable heladito de vainilla en lo alto...hacía mucho tiempo que no se veía algo tan desafortunado, ni siquiera mi cuñada que es una apasionada del chocolate se atrevió a intentarlo. El Ribera del Duero debía de ser de lejos de la Ribera, áspero a más no poder...además sólo tenían tres botellas y tuvimos que acabar con un vino distinto, que ya no podía ser Ribera sino Rioja....un desastre. Y todo ello por el módico precio de 680 euros. Espectacular. A un lado del Camp Nou hay un mundo sórdido y triste de travestidos que ejercen la prostitución. En el lado contrario encontramos un restaurante que prostituye el concepto de comida creativa y además abusa descaradamente. No se lo recomendaremos ni a nuestros peores enemigos.
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