Propuesta muy interesante en un barrio en el que predominan los locales para turistas poco exigentes. Espacio bonito e histórico, muy bien decorado, paredes de piedra, luces originales, barra frente a la cocina y presencia de un horno Josper, atención en sala próxima y profesional.
Carta corta pero muy bien estructurada, con entrantes fríos, calientes, platillos y postres.
Mesas sin mantel con buena vajilla y cubertería.
Carta de vinos con referencias poco comerciales a buen precio.
Panes de Triticum, a la carta, con acompañamiento de aceite y sal.
Como aperitivo de la casa una brandada con higos y flores muy original y buena.
Seguimos con “nuestra versión de la ensalada campesina de Formentera” consistente en tomates escaldados y pelados con puré de patata, tomate seco y cebolla encurtida, compartido.
Seguimos con un briox con anchoa, burrata, aceite de oliva y crema de tomate seco. Los dos primeros muy buenos y originales.
De segundo, una lubina salvaje cocinada al Josper, que estaba en su punto, increíble.
Los postres más normales. Una crema catalana demasiado espesa para mi gusto y un pastel de queso regular deferencia de la propiedad.
Aguas, cafés, copa de vino y de cava, estas últimas también obsequio del restaurante al ser una celebración de cumpleaños.
Los postres penalizan la puntuación.
En resumen, un excelente restaurante con un entorno histórico y un servicio profesional. Muy recomendable, volveremos.
Crema catalana
Lubina
Briox
Ensalada Formentera
Brandada
Sala y barra
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