Me llegó el correo de que el restaurante no cerraba en agosto y, para superar el retorno de las vacaciones, me dirigí el fin de semana a cenar allí (aunque lo que hago habitualmente es pasarme a comer el menú de mediodía y probar cada uno de sus arroces).
Una vez más me sorprendió. Primero, porque no había probado la sardina de la que todo el mundo hablaba (ahora entiendo el por qué) y luego porque, como siempre, la pieza de carne que tomé estaba cocinada en el punto justo.
El trato, la elección del vino (siempre valenciano. punto a favor) y los detalles como la mistela tinta ya no son una sorpresa, pero reconforta saber que no se baja el nivel ni siquiera en verano.
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