Sé que me repito en los titulares, pero no hay nada más importante para mi que sentirse en un restaurante tal y como si estuvieses en casa. Cuarta visita, si no me equivoco. Comida para tres (más niña de 3 años) en la terraza: genial. El día excepcional, el ambientazo de la calle en fallas... condiciones que añaden todavía más encanto a la comida.
Menú a 24 €:
- Crema de patata y mostaza: jamás había probado la combinación del puré de patatas (textura crema) con la mostaza. Sorprendente y rica.
- Escalibada: correcta, como la de casa. Buen pan para acompañar.
- Canelón de espinacas con crema de queso de rulo: muy rico.
- Arroz meloso de marisco pelado: servido en caldero. Raciones como para 5 personas (o más). Muy, pero que muy bueno: sabor, punto, "tropezones" abundantes (gamba, rape(?), sepia...). No hemos dejado nada.
- Crema catalana.
Para beber agua y Viña Mein (ribeiro). Cubitera para que no se atempere. Casi ni he ojeado la carta porque veníamos ya decididos a tomar blanco, pero los precios son muy razonables.
No me cansaré nunja de elogiar el trato de Joan, no sólo porque compartimos un amigo en común, sino por lo que se puede ver en todas y cada una de las mesas en las que no creo que todos sean amigos suyos.
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