Fantástico restaurante, pequeño, con una cocina tratada con muchísimo cuidado. Grandes productos y superlativa materia prima de la mano de Juanjo, ese ex-director general de una empresa de seguros (de ahí las corbatas de la entrada)convertido en cocinero sibarita, con la ayuda de su mujer, Mercedes, que cuenta los platos, como diría ella, de forma muy divertida. El ambiente es distendido e informal, la calle, de lo más especial y por eso quizá choca con sus propuestas, todas de un gran nivel (ensalada de ostras, espardenyas, angulas frescas con huevo frito, trufa melanosporum (en carpaccio o directamente la trufa entera envuelta en ibérico y en papillotte), grandes pescados, wagyu -kobe-, becada...) Un sitio imprescindible, de los que teníamos que poder encontrar más en Madrid y además, a un precio muy bueno para la calidad que dan.
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