Cinco personas. Pedimos a la carta. El local está lleno.
Además de lo que aparece en la carta hay un par de arroces. Pedimos unas cuantas tapas al centro: croquetas de boletus y cecina con queso, tartar de lubina con algas, coca de escalibada y atún, y soufflé de mozzarella. Son tapas, no entrantes, es decir, no son apropiadas para compartir cuatro o más personas.
De platos principales pedimos arroz de boletus y secreto ibérico; otro arroz, en este caso con bacalao y espinacas, y un bacalao excelente. Todos muy buenos de nuevo. Los arroces, sabrosos y al punto.
De postre nos traen una degustación de chocolates en diferentes texturas y porcentajes de cacao, un bizcocho de chocolate blanco con helado de frambuesa y un extraordinario pastel caliente de fresas con helado de monastrell (lo mejor de la commida).
Para beber, además de unas cañas, un par de botellas de Savary, chardonnay de Chablis, que entró muy bien.
Para rematar la comida, un par de whiskies de primera.
En resumen: buena comida y una gran carta de vinos.
Volveré.
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