Ambiete de típica taberna madrileña con un comedor interior con muy mala acustica y otro menos ruidoso pero más bullicioso. Doblan turnos a las 2 y a las 3:30, las mesas muy juntas y dependes de la suerte respecto del número de comensales que te toca al lado para tener mucha o poca estrechez... En todo caso aglomeraciones aseguradas para ir al baño. Todo el mundo con los baberos (no servilletas) colgados, la verdad es que la escena es graciosa.
Servicio castizo 100% que va juego con el resto del local.
La carta de vinos pésima, las copas peores todavía y cara, nosotros como casi todo el mundo optamos por el vino de la casa... pero vamos que allí se va a comer cocido y eso lo hacen bueno. En la mesa te esperan cebollitas y guindillas. Llega la sopa que fue lo que más me gustó, muy gustosa, sin problemas para repetir. Luego los garbanzos, patatas... para acompañar hay dos salsas de tomate con comino y sin él, estaba bueno sin más. Finalmente la carne, espectacular la ternera y el resto bien.
Para rebajar unos sorbetes de limon que cobraron a 6 euros... Terminamos con un buen cafe y unas copas de pacharan que vino de lujo.
Todo por unos 35 euros persona, salí con una sensación de "ni frio ni calor", todo bueno pero sin destacar, de hecho me gusta más el cocido de casa pero tampoco estuvo mal.
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