Si entras a las 23 horas un jueves -horario normal en España y en Valencia- para cenar y te miran con cara de duda sobre si les apetece trabajar, malo.
Si te dan la carta y sin mediar palabra te cuentan que la mitad de las cosas no están disponibles, peor.
Si a continuación te preguntan qué quieres beber sin tiempo a ver su oferta, seguimos hacia abajo.
Si te ponen un Rafael Cambra 2 del tiempo, es decir, a más de 20 grados y en copas normales y corrientes, la situación se encrespa.
Y si cuando estás a medias de un micuit, un plato de jamón y una ensaladilla rusa (poco mas había), te piden el café y encima te lo traen después mientras andas untando el foie, te quedas con la sensación de que una y no más.
Y claro, la cuenta poco más tardó en aparecer en la mesa, superando los 40 euros. Nunca dejo propina, pero en estos casos, me dan la razón para seguir con mi costumbre. Mi consejo es que el que se atreva a ir para cenar que lo haga en horario europeo, pero bien del norte, a partir de las 18 horas, a no ser que desees la cena más rápida de la ciudad.
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