Tenía añadido este restaurante a mi lista de favoritos desde hacía un tiempo. Así que la semana pasada que pudimos escaparnos unos días de vacaciones a Málaga decidimos ir a Dom Vino. Telefonazo para reservar y no me pudieron atender la llamada. No pasa nada... ya llamo más tarde. Sorpresa cuando Antonio me devuelve la llamada. A lo mejor es algo normal pero, a mí, no me han devuelto nunca una llamada en casos similares. Ya en esa charla para reservar te da la impresión de que Antonio es alguien afable, cercano y que se dedica a esto con gusto y agrado.
Dar las gracias a Manubcn por el comentario de los taburetes y las mesas altas... ya iba preparado para no hacer la cobra. Ciertamente, cuando empieza el espectáculo, te olvidas de que estás sentado en alto.
El local es pequeño, nunca hubiese imaginado que en ese "chiscón" entrara tanto "bienhacer". No obstante, como el tamaño no importa, decir que no hay agobio ninguno ni codazos con los otros comensales. Acudimos a comer, un jueves, y el local se ocupó por completo. La sensación es que allí no había clientes sino amigos que acuden con cierta frecuencia. Ya se encarga Antonio de que te sientas bien, querido, mimado. Es un restaurante, ante todo, humano. Nos sentamos y nos ofrecieron la carta pero, por supuesto, la consigna fue: "Antonio, en Verema, dicen que nos pongamos en tus manos así que tú mismo...". Todo fue FABULOSO.
Empezamos con una copa de cava Vilarnau Brut Nature que se avino de maravilla con unos bombones de foie con cebolla caramelizada sobre pan de pasas.
A continuación nos puso un recién salido al mercado Capuchina Vieja Moscatel Seco 2010 (para erizarte los pelos) que tomó de la mano un sorprendente esturión de Riofrío ahumado con aceite lo oliva virgen extra y gelatina de uva moscatel. Bonito gesto el de ponernos el aceite en una copa y ofrecérnoslo para olerlo antes de verterlo sobre el esturión. El esturión, para mi desconocido hasta ahora, resultó absolutamente sorpresivo para bien.
Con este mismo vino acompañamos una presa ibérica en frío con mostaza verde. Absolutamente rica pero tal vez no la supe apreciar en lo que debía porque estaba muy presente el recuerdo del esturión que me había enamorado.
La rendición absoluta vino con la Pringaita 1986 acompañada de un Cuatro Pasos Mencía 100%. Olé, olé y olé por ese bocadillito caliente y sublime. Para hacer la ola. Tierno, gustoso, lleno de sabor y clasicismo.
Seguimos con este vino acompañando una jugosísima y dulce tosta de bacalao ahumado con confitura de tomate y tapenade. Dulces, salados y la ligera acidez del tomate en un equilibrio soberbio.
Nuevo vino. A continuación un Barranco Oscuro ecológico y biodinámico que nos sirvieron para maridar unos pimientos del piquillo rellenos de chipirón con fideuá. Me gustaron más los pimientos que la fieduá pero, para gustos colores, a mi mujer le gustó precisamente la fideuá por encima de los pimientos. Seguimos para bingo con unos ravioli de codorniz gratinados con parmesano y tomate asado que estaban deliciosos y sin que el queso se comiese el sabor del ave.
A este punto ya me había dado cuenta de que una comida se había transformado en una orgía de sabores, texturas, combinaciones y maridajes. Pensaba que ya llegábamos al postre pero... no. Quedaba un platillo más. Una ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA carrillera de buey con aceite de trufa y boletus. Desmigadita, pegajosita y gelatinosa. Llena de sabor, intensa, con ese toque del aceite de trufa. Nos lo acompañó de un Caliza de Dominio de Valdepusa. Nada que objetar al maridaje... acertadísimo una vez más. Cuando terminamos nos dejó un pequeño descanso para terminar de disfrutar de esa última copa de vino antes de pasar al postre.
El postre era una "piña colada" con merengue italiano y su maridaje, en esas tierras, no podía ser otro que un moscatel naturalmente dulce, en este caso un MR. Dulzor medido en el postre y... ¡qué decir del vino! Estos naturalmente dulces malagueños me hace volar con una complejidad aromática y un tipismo fuera de toda calibración. Soberbio.
Pero como decía Super-ratón... "no se vayan todavía, aún hay más". El remate. Había que bajar todo aquello. Qué mejor que un copazo... Mi mujer se tomó un Johnnie Walker Etiqueta Negra con hielo y a mi me pusieron una Mombasa Club con Fever Tree y twist de naranja.
Ale... ahora a ver quien se baja de la silla... La experiencia fue maravillosa y nos prometimos a nosotros mismos y a Antonio que habríamos de volver. Ojalá sea pronto. La pena es que no tengamos este Dom Vino y a su propietario en Madrid (pena para nosotros claro...). Gracias mil veces por la atención, la comida y las dos horas y media de disfrute gastronómico total. 6 vinos, 9 platos y copa... todo por ese precio. ¡¡Vaya si merece la pena ir a Dom Vino!!