Tengo publicada otra valoración del Boroa, elogiándolo, por lo que no puedo pasar, directamente, a la crítica macabra... En consecuencia, me veo en la obligación de explicar, con cierto detalle, lo que me ha sucedido.
He sido cliente del Boroa durante los últimos... muchos años. Siempre nos han tratado con corrección y hemos disfrutado de su cocina, principalmente de sus opciones más tradicionales (siempre se quedaron por el camino, a mi modo de ver, en eso de la cocina moderna). En fín, que acudía entre 7 y 8 veces al año, me recibían con amabilidad, comía, charlaba... En fin, bien...
Todo esto cambió en mi última visita, hace ya meses. Aquel día (como de costumbre en Boroa, para ser sincero) pedí chuleta de segundo. Nunca ha sido la mejor, pero era digna, y aquellos que sólo pensamos en carne, en carne... acostumbramos a reincidir en la simpleza de pedir casi siempre lo mismo. El asunto es que la chuleta no estaba buena. No sé, quizá había madurado bastante más de lo debido, o que no era de una vaca afortunada... El caso es que no me gusto ya desde que la pusieron ante mi: emanaba de ella ese sospechoso jugo amarronado, su color en el interior no era rojo, sino tirando al morado... Además de que el punto no era, ni de lejos, el que había solicitado: poco hecha, como siempre.
Siendo un local al que acudía con regularidad, no tuve dudas en que un error lo puede tener cualquiera y en perdonarles, por así decirlo. Pero en un ataque de dignidad, más bien esperando otra chuleta o una solución, más que realizar un reproche, decidí comentar con la maitre el estado de la carne y lo poco que me había gustado, "no está como las de siempre" añadí. Bueno... La reacción, que no describiré al detalle, fue propia de un jefe de sala de muy poca categoría. Fue un verdadero espectaculo, créanme. No lo destacaría aquí si no. Estuvo totalmente fuera de lugar.
Con todo esto, no quiero decir que por ese detalle el Boroa, en el que he disfrutado, sea un mal restaurante. No lo es, a pesar de sus carencias. Sólo quiero dejar constancia de lo que son capaces de hacer a uno clientes (mejores o peores) ante el más mínimo atisbo de desencuentro. Eso, no dice nada bueno de ningún restaurante...
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