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Parada obligatoria.

Desde que conozco el Restaurante nunca me he cansado de hacer una parada, ya es tradición obligatoria. Y es que siempre que visito el Ripolles me gusta comer en este sitio, me siento cómodo, bien atendido, disfruto comiendo y encima a un precio muy razonable. Es una casa antigua rehabilitada como restaurante, el comedor principal esta repartido en dos salas pequeñas con pocas mesas y una buena separación entre ellas, en todo momento se mantiene la intimidad de la conversación, dispone a más de un pequeño comedor privado. Esta vez escogí el Menú, de bienvenida me trajeron “pa amb tomàquet i llonganisa” en una versión mas moderna del clásico catalán con el tomate y la longaniza en vaso y pan en pequeñas rebanaditas, el lugar de untar se moja, muy rico. De aperitivo una Sopa de albóndigas con estrellitas que ayudan a entrar en calor en este frío otoño, de primero Tortilla de Vieras, de segundo Galta de Ternera con “Permantier de Vainilla”, carne muy tierna y melosa con el toque aromático de la vainilla. De postre Kiwi y Naranja al natural con crema de Nata y Canela. Para acompañar escogí un Cava, Agustí Vilaret de Mont-Ferrant. Lo más asombroso es que el precio del menú son 18 euros, y tienes la sensación de comer a la carta, todo y que el precio de esta no se extiende mucho más. ¡¡¡Volveré!!!

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