Fin de semana de despedida de soltero de un buen amigo en Santander y se me ocurre que podemos ir a cenar a este gran restaurante que va a empezar a ser para mí un santuario de peregrinación.
Me decido a hablar con Andrés y acordar un precio para la cena, con un menú aproximado sin tener claro del todo si mis amigos les gustaría.
Cuando llegamos, nos habían preparado uno de los reservados para que estuviésemos más cómodos. Allá que nos vamos y nos ponemos a elegir la comida.
Pedimos cuatro primeros para compartir y un segundo para cada uno. Lo elegido fue lo siguiente:
• Jamón de Joselito. 2 buenos platos de un jamón con buena infiltración de grasa y un sabor estupendo. Un picoteo para empezar.
• Anchoas. 2 raciones también de hermosas anchoas, de un tamaño espectacular, a las que le añaden unos chorros de buen aceite. Se acompañan de unos pimientos de piquillo. Tremendas anchoas y el aceite como para dejar el plato limpio.
• Rabas. Otras 2 raciones de rabas en tiras, simplemente pasadas por un poco de harina y fritas. Textura con tensión pero para nada duras. Había probado otras rabas a mediodía y el parecido con éstas era nulo.
• Morcilla. Para cerrar los primeros tomamos un par de raciones de morcilla que resultó jugosa y para nada aceitosa. Espectacular.
En cuanto a los segundos, la elección fue unánime: carne, aunque en distintas versiones. Yo escogí un solomillo que resultó ser mantequilla pura. Perfecto de punto y con una carne tan tierna que se deshacía en la boca. Otras elecciones fueron el chuletón de vaca vieja que también resultó estupendo y las chuletillas de cordero de las que el interesado dijo que eran de las mejores que había en su vida (y es un especialista en el plato).
Para acompañar semejantes platos, la elección de Andrés fueron un blanco y un tinto, ambos en formato mágnum. Los escogidos fueron un Chablis de Bel-Air et Clardy 2012 y Dard & Ribo C'est le printemps 2013. Ambos vinos exquisitos, acompañando la comida estupendamente. Al final nos tomamos 2 magnum del blanco y uno del tinto para 8 personas que éramos, con 2 de ellos que apenas bebían.
Por supuesto también tomamos algunas botellas de agua grandes, no todo puede ser vino.
Terminamos la cena con un variado de postres que incluía: tarta de queso, tiramisú, tocinillo de cielo y flan de huevo.
Para cerrar, cafés y chupitos de crema de orujo.
Al final todos encantados con el restaurante, cosa que teniendo en cuenta el resultado no es extraño.
Éste es mi tercer comentario de este magnífico restaurante y las 3 experiencias han sido distintas pero espectaculares. Esto se debe en buena medida a la hospitalidad y generosidad de Andrés, que como digo en el título es infinita.