Local rectangular y diáfano, de corte moderno, muy curioso.
La tenue y personal iluminación proyectada hacia arriba desde bombillas escondidas en falsa pared, junto con las imágenes holográficas emanadas ininterrumpidamente por varias pantallas, parece más propia de pub que de un restaurante pero conforma una peculiar atmósfera.
Decorado por estanterías de pladur blancas, como la pared, y composiciones de parejas de cuadros de vivos colores.
Mobiliario moderno, un tanto incómodo, sobre todos los bancos corridos pegados a la pared, excesivamente estrechos. Correcta vajilla y cristalería.
Cocina de mercado, con guiños de autor. Concertamos previamente un menú de 25€ sin vino:
• Bocadito de Foie.
• Flan de setas sobre patata confitada.
• Dorada con verduritas en salsa de almendras.
• Secreto ibérico cocinado a baja temperatura con tempura de verde pastel de patatas.
• Brownie de chocolate.
Nada especialmente destacable ni para bien ni para mal, pero nos satisfizo. Raciones comedidas.
Acompañamos todo el almuerzo con un notable Lautum Pinot Noir que seleccionamos de una carta de vinos adecuada.
Bien el servicio, prestado por la misma propiedad, se nota.
Uno de los comensales tenía problemas con la composición del menú y lo solventaron de maravilla variándole todos los platos y adecuándoselos a sus necesidades.
No nos cobraron los cafés pero sí el agua (nos sorprendió).
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