En una placita típica de Brujas llena de terrazas, nos decantamos por ésta porque estaba en una esquina como más recogidita. Por dentro era muy íntimo, muy francés, poco iluminado, pero nosotros optamos por comer en la terraza, protegida por varios toldos y con mobiliario muy normalucho, ajustado y apretado pero colocado y decorado con muchísimo gusto, rodeados de jardineras.
El conjunto de terracitas con sus numerosos toldos superpuestos uno encima del otro, y dentro de su austeridad, conforman un entorno delicioso en el que todos los clientes, turistas, parecen estar alegres y felices.
Cocina habitual en estos Bistrot/Brasserie. Tomamos un menú que tienen siempre como alternativa principal de la carta y, que por lo que observé, es lo que más “sale”:
•Mejillones gratinados al vino blanco.
•Carbonade flamande.
Los mejillones eran originales, pero lo que estaba bueno de verdad era el Carbonade flamande, que es un estofado de carne de gran calidad cocinada a la cerveza: sabroso, concentrado y potente, acompañado de las extraordinarias patatas fritas con las que los belgas completan muchos platos y que por sí solas son un manjar. Te lo sirven generosamente en una perolita tapada individual y tú te vas poniendo en el plato.
Los mejillones los mojamos con un chardonnay chileno y el guisote con un merlot, también chileno, ambos muy correctos, y servidos discretamente.
Servicio familiar. Atento y dispuesto.
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