Resturante ubicado en un local exiguo para el número de mesas en el mismo existentes. La separación entre las mismas, prácticamente, no existe; no hay suficiente espacio entre ellas, lo que, casi, te obliga a sortearlas. La intimidad, de las conversaciones, de cada mesa, brilla por su ausencia. El suelo resbaladizo.
El servicio, no sugiere ( o no sabe hacerlo), tiende a dirigirte, a lo que en ese momento, le interesa. Casi agobia. Si te decantas por una opción que no es la, por ellos indicada, en el mejor de los casos, obtendrás como respuesta, un mohín.
No siempre, lo previamente encargado, es lo servido. Observo "despistes", como encargar la víspera una cosa, y servirte el día de la reserva otra que no tiene nada que ver.
El tiempo de espera irregular. No llevan los tiempos adecuados.
Ante todo lo anterior la pregunta que uno se formula es,¿qué salva al restaurante? La respuesta es sencilla: unos arroces excepcionales, mejores el de marisco pelado (a banda) y la paella, que al horno (exceso de grasa). Entrantes aceptables con unas croquetas de marisco y de jamón correctas, amén de calamar a la plancha con alcachofas.
La carta de vinos, muy justita, y debes insistir en que te la traigan pues de motu propio, el servicio, tiende a "presentarte", "su" vino.
Fruta buena de calidad y de punto de maduración. Tocino de cielo muy bien elaborado.
El precio es sin vino.
Desesperante hasta que te sirven el arroz (sólo arroz, no otras posibilidades); luego, tras probarlo, te calmas.
El precio es sin vino.
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