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Sencillez y clasicismo

Tradicional restaurante zaragozano, tanto en historia como en cocina. Es un lugar que tiende a crear cierta fidelidad en la clientela.
Su situación es inmejorable (con su consecuente peso en el "entorno"), en pleno casco antiguo, a un paso de los principales atractivos turísticos de la ciudad. El local, es diminuto, casi puede ser uno de los motivos que crean de inicio cierta familiaridad, al igual que el trato del jefe de sala, de edad avanzada pero repleto de cordialidad, decoración y montaje clásicos (sin llegar a rancio, pero tirando a ajado), cierta comodidad, aunque tampoco excesiva. Servicio atento y respetuoso, aunque ligeramente pausado, rozando lo excesivo en los primeros entrantes.
La carta de vinos no la pude ver, pero el hecho detener todas las botellas en un armario a la vista en un rinconcito de la sala para uso del personal, no parece la mejor forma de conservación, aparte de que todo lo que se veía era típico, y sin mucha historia.

En cuanto a la comida, sin complicaciones, todo muy tradicional, buen producto mínimamente elaborado. Íbamos con idea de disfrutar de las jornadas del arroz, y acabamos con un menú ofrecido y seleccionado por la casa. Parece que e estila mucho en el restaurante ese tipo de restauración, del "ponme unos entrantes" que yo elijo el plato fuerte, en sus dos variantes, entrantes + carne o pescado, o entrantes + arroz (especialmente el de bogavante) hecho en paellas por mesa. Las jornadas del arroz constaban de un arroz, y una carne o pescado de continuación.

El menú que nos ofrecieron consistió en (todo al centro):
Un par de croquetitas por cabeza como aperitivo de la casa.

- Salmón marinado casero: bien, aunque es uno de los platos que no tolero en exceso.
- Boquerones en vinagre caseros, de nuevo bien, tampoco era un plato que fascinase, acompañados de un helado de mostaza.
- Calamares de anzuelo rebozados: ricos nuevamente, buen material, y de nuevo sin historia.
- Alcachofas rebozadas: bien también.

Y creo que nada más, en conjunto pues psche, ni bien ni mal, buen producto como digo, pero mínima elaboración, sencillez al máximo, raciones de tamaño ligeramente escaso para los 5 que éramos.

De segundo, 3 nos decantamos por lechal de Aranda (no se yo...) al horno, ración generosísima que no terminamos, pero de resultado discreto (que no malo), y otros dos por lubina a la sal, ración más moderada, aunque suficiente, en su punto de horno, y gustosa.

En resumen, me dejó bastante frío, aunque como digo puede acabar resultando muy familiar, y en el que se crea cierta complicidad. Precio del menú 39€, con postres (normales), cafés, agua, IVA y vinos (Laus Roble y Fábregas Minguante ¿Chardonnay?) incluídos.

Es la segunda vez que voy, dudo que repita, por no ser mi estilo, básicamente.

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