Este pequeño establecimiento de Terrassa rebosa personalidad por todos sus costados. Su emplazamiento se debe a sus orígenes familiares, ya que es la evolución del negocio familiar que fundaron los abuelos de Artur Martinez, xef y propietario. Sus cinco mesas ya sorprenden, albergando un máximo de 14-15 comensales. Trato muy amable y sencillo que se agradece. La carta de vinos sale de lo convencional, ofreciendo un cuaderno amplio y muy detallado, basado en vinos de pequeños productores y naturales y con precios más que correctos. Ofrecen dos menús degustación de precios tremendamente atractivos (48,00 y 58,00 €), diferenciados entre sí por su número de platos. Ante una intolerancia alimentaria de mi mujer reaccionaron fabulosamente, cambiando dos de los platos del menú Artur (grande). La cocina es como mínimo muy diferente y personal. Un sello propio que destaca por su desnudez y su apuesta por los productos autóctonos y de temporada. Destaco principalmente las láminas de presa ibérica con quinoa inflada, las gambitas con aguacate y huevas del juego de sus cabezas y el postre de yogur, naranja y azafrán. En especial sus afamados tallarines de calamar al pil-pil. Brutales! Digno de visitar ya no tanto por su cocina si no por conocer su historia.
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