Un restaurante en Arévalo es sinónimo de asador y de cochinillo y lechazo, pero aquí empieza a tener algo más por la sala. Se sitúa en una zona casi peatonal del centro de la población, en una calle con más locales y antes de entrar ya lees un cartel de que se liquidan antigüedades; de ahí el nombre de "asador museo" ya que el dueño, Javier Rodríguez, se ha dedicado a coleccionar antigüedades que están expuestas de forma casi amontonada por la sala y paredes.
El dueño lo abrió hace ya casi 30 años pero lo tuvo alquilado hasta el 2009 en que lo levantó de una situación precaria y ha conseguido convertirlo en referente de la población entre los profesionales e incluso en libros como el de Mario Batali de la cocina española; y eso aquí es mucho. Está siempre atento y vigilante por la sala y ya se sabe que el ojo del dueño, guarda el caballo.
La sala es amplia con columnas que separan espacios, mesas bien vestidas con mantel y servilletas de tela, copas de nivel medio, vajilla cubiertos y vasos correctos. El servicio en sala a cargo de dos veteranos es correcto, amable y educado aunque no nos ofrecen carta ni de comidas ni de vinos, nos comentan a pie de mesa lo que hay pero no siendo nada diferente a su carta de la web no lo acabé de entender. En el tema de vinos ocurre lo mismo pero aquí íbamos con el freno de mano puesto por la carretera que nos falta y nos limitamos a una copa de vino para cada uno; lamentablemente solo tienen una opción de cada que fueron Cabra Loca verdejo 2024 y Locultos roble 2024 de Ribera, un tinto muy introducido en la restauración de la zona; al menos fueron servidos en mesa aunque sin dar a catar. Añadimos un agua sin gas grande.
Para comer ya tenía encargado una ración de cochinillo porque es a lo que aquí se viene. Al final para los dos tomamos:
. sopa castellana x 2: servida en cuenco de barro, bien de sabor y cantidad; hubo que añadir algo de pan para rebajar temperatura.
. flor de alcachofa x 2: algo que no falta en ninguna carta en esta época. Bien preparada y aliñada sin otros aditamentos.
. bacalao al ajo arriero: buen lomo con alguna espina, bien de sabor y aliño, acompañan unas patatas hervidas que se nutren del aliño.
. cochinillo asado: me toco la pata y aquí es mejor que cuando te toca pata al sentarte a la mesa; buen punto, piel suficientemente crujiente, carne tierna y bien de sabor.
. trufas caseras: 2 trufas de tamaño de pelota de tenis, muy bien de textura y sabor. Para repetir.
. ponche segoviano: postre típico de la zona que aquí es un trozo de una pieza grande; bien de textura y sabor pero poco esmerada en la presentación. No repetiría.
No es el mejor cochinillo que me he comido pero si el local más curioso donde lo he comido. Además no solo importa el destino sino también el camino y esta parada por el camino, mereció la pena.
alcachofa
sopa
cochinillo
bacalao
trufas
ponche
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