La verdad es que caímos por allí el viernes noche de casualidad. El restaurante está algo escondido.
Local con mucha luz, blanco y con unas piedras en la pared que le dan su punto.
Una carta sencilla pero bien distribuida en cuanto al tipo de sabores y géneros.
Tomamos para empezar dos croquetas de rabo de toro (cremosas y exquisitas), dos gambas rayadas crujientes con estragón y el jugo de su cabeza (nos encantó el toque de la hierba y la reducción del coral).
Seguimos con una ensalada de cecina con piñones y vinagreta de miel y mostaza que estaba aliñada con un punto perfecto, además de bien ilustrada con pequeños dados de tomate y cebolla crujiente.
Y para terminar pedimos un entrecôte (350 gramos de carne con pimientos y patatas) y un salmón con unos espárragos verdes que creo que iban con lima o cítricos. Muy fresco.
Terminamos reventados, así que nos tiramos directamente al café aunque los postres tenían muy buena pinta.
El servicio excepcional, aunque la carta de vinos un poco corta.
Bebimos 1 cerveza y 3 copas de vino de la casa (no recuerdo cuál era pero estaba bueno)
La cuenta 52 euros.
Volveremos.
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