Será un crónica distinta. Corresponde a un día distinto: San Diego.
Se conjuraron David y mi mujer en que fuera un regalo, un día de cerrar los ojos y disfrutar. Nos colocó en esa mesa larga frente a la cocina. Todo lleno, incluso doblando, porque coincidía con Cuina Oberta.
Pero estábamos solos en nuestro particular pequeño mundo, frente a frente pero no enfrentados.
Nos decían los platos, nos servían los vinos, pero no me dejaban ni apuntar los platos ni fotografiar los vinos. Solo había que disfrutar.
No sé que platos ni menú nos sirvieron, pero recuerdos me dejaron ese steak de calabacin y frambuesas con una frescura y aromas, sandwich de presa, toro de atún, esas alcachofas todo corazón, verduras de otoño, cocochas y verduras de playa, pescadilla, arroz melosos de trompetas de la muerte. Un postre diferente melocotón asado con almendras y vinagre.
No sé que vinos ni champagnes tomamos, solo que disfrutamos. Recuerdos vagos de champagne, ribeiro, garnacha gris, más champagnes.
Ambos me convencieron de que luego me dirían todo lo que allí ocurrió, pero no ha sido así. No me dieron ni la factura.
Me obligaron a comportarme bien. A comer como todos, sin analizar ni catar. Y me gustó. Hacía mucho tiempo que no comía así. Fue cerrar los ojos y disfrutar.
Pero bien que me picas para decirme: "eso, apúntalo para la crítica".
Aún así, nunca hemos dejado de disfrutar comiendo juntos, incluso cuando competimos por el plato de percebes compartido en La Guardia (y eso que había para dar y vender).
Lo malo es que no podrás criticarme de Sevilla....
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