Un palo cortado siempre me recuerda a los momentos en la vida en los que no escogí el camino predeterminado y me ausenté del destino que me marcaban; Península, que en su momento hizo lo mismo, me anima al ver que consiguió llegar a buen puerto cambiando de rumbo.
En plena crianza se deshizo del velo flor que lo cubría, la capa de levaduras que consigue que exista el fino, para tonarse caoba y convertirse en imagen de las albarizas, esas tierras que envían rayos de luz al sol. Gracias a aquel cambio hoy huele a paseo en caballo por la orilla del mar, a merienda de pastel de pasas con caramelo sentados en una vieja escalera de madera; sabe a guirlache, a orejones y a brandy, e incluso evoca una chaqueta vieja de cuero desgastada de vivir.
Cierto es que no es fácil que a todo el mundo le gusten los Palos Cortados, vinos marcados por recuerdos metálicos y alcalinos, por el potente alcohol y el amaretto; todos ellos son aromas y texturas que forman un conjunto donde todo se intensifica pero encuentra el equilibrio. Realmente es un vino complicado, como esas personas que sólo cuando las conoces las entiendes y amas.