Botella de 37.5 ml. No me cabe duda que este vino es de lo mejor que Chile tiene que ofrecer al mundo. Quiero pensar que estas mini-botellas son como una máquina del tiempo para asomarse y ver cómo estará el vino en unos añitos.
Sigue siendo un torbellino de elegancia y balance en nariz. Cedro, delicados tostados, lápiz, mentolados ricos atrás, la fruta negra especiada, concentrada, de cereza negra en confitura, toques de pastelería y un exótico recuerdo a hierba recién cortada. Paladar enorme, de cassis, blueberry, roble de muy buen ensamble, ecos de chocolate amargo, con un retronasal poderoso, lleno de grosellas y grafito. Lo más logrado del vino es la textura, es realmente cremosa, densa y no pesada, avanza con la precisión de un láser por el paladar medio, y si no fuera por su densa carga tánica sería mágica. De guarda. Este vino no es (todavía) para Las Bodas de Fígaro de Mozart, como pretende explícitamente la bodega. Es para su Sinfonía 39; y dentro de poco, para la 41.
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