He entrado en la vieja capilla de algún pueblo seco del Sur de España. Un rayo de luz se filtraba por la ventana, el polvo, suspendido en el aire, dejaba ver apenas el altar mayor de madera policromada, ya descascarillada. Las imágenes, sucias y viejas, el olor a cirio y banco de madera agrietada. Poca luz, suelo de barro cocido recién encerado, el vaivén de la sotana del párroco al moverse hacia la sala capitular. Allí, de un cajón grande de madera añeja, saca un libro, de tapas de cuero raídas por el tiempo, sobadas por el polvo, lo mira y, al pasar las páginas, descubre que hacía años que no lo abría, que casi ya ni lo recordaba…
Te transporta a: la miel de la abuela, la mantelería que jamás se estrenó y huele a la madera que la guarda, los zapatos de tacón y las castañuelas en desuso en su fundita de cuero, el desván a media luz con la casa de muñecas empolvada y gastada…es viejo, huele a polvo, sabe a toffe y caramelo y te persigue las siguientes dos horas…no te deja volver.
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