Sobrio, técnicamente impecable, con una perfecta conjunción entre fruta y madera en la que todos los ingredientes brillan con luz propia. Vino hedonista, protagonista en la mesa y triunfador de postín. Pero es la discusión -inútil o no- de siempre: al vino le falta algo, ese "no se que" que lo haga especial, ¿alma?, ¿personalidad?, ¿terruño?. Depende mucho del estado de ánimo: hoy lo encuentro fabuloso; mañana quizás aburrido y con poca mineralidad. Es lo que tiene este vicio.
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