Está cosecha no sé que pasó con ella o que hicieron con ella, pero gestó un vino muy sabroso. Amarillo palidón con reflejos verdes. El color me recordó a mi tia María Elena que hacía un agua de guayaba muy diluída. Aromas que evocan al laurel y -cómo no- al agua de guayaba, con esas notas de frutas tropicales, en particular algo de piña y maracuyá. En boca es adictivo, con excelennte acidez como para no dar tregua a un salmón y a un queso Saint Marcelin. Final largo con amargor envolvente.
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