De pequeño pasaba mis veranos por esa zona de la sierra a caballo entre Madrid y Ávila, donde ya se adivinaban las cumbres de Gredos. Con este vino, como con alguna que otra de las espléndidas Garnachas de la zona he sido transportado de nuevo a aquellos veranos, tal es el poder de los aromas.
De capa baja, casi parece un rosado, la nariz ofrece un primer golpe rústico, hollejos, fruta roja en licor, kirsch, para dar después todo de sí, con notas varietales de chimenea, un buen fondo mineral, y toques florales, junto a un conjunto de aromas que me cuesta describir, pero que estarían entre el olor de los pinares, la jara, el tomillo, la manzanilla, la hierba seca, etc.
En boca es potente, pero equilibrado, buena acidez, muy mineral, con un final largo y envolvente, ligeramente amargo en el que vuelve la fruta y las notas florales.
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