Embriagador, con estilo, con ese punto clásico elegante, de una finura sin igual, muy expresivo, sutil, delicado y cautivador. Tiene dos caras, una que corresponde a un vino con edad, con larga crianza y otra con un vino, con no tanta crianza. Hay fruta madura, madera melosa, con una intensidad y claridad sin igual, como solo los grandes atesoran. Es de un rico fondo especiado, tabaco de Virginia, ese rasgo animal, emparentado con la marroquinería, la ebanistería. Al rato, regresas a él y te muestra otra cara, ahora es floral, vivo, es un lujo de sensaciones, lleno de fragancias, aromas dulces de frutas rojas, resina, alcanfor, pino. Se limpia y renace, nos muestra frescura, te sorprende, no se acaba nunca, llena, vive y renace, una y otra vez.
En la boca es agradable, suave, fino, ligero, con apenas mordiente, delicado, pero es sabroso, con jugo, ensalivas y te rechupeteas, hay tanto fruta, como crianza. El vino parece que desaparece y resurge, que grande es, sin alardes ni concentraciones, sin embargo, hay un largo recorrido y unos recuerdos intensos de esa nariz anterior. Sorprende y de que manera, la acidez que tiene, que poderío, como manda y dirige al vino, hay vida a raudales, nervio, puede con todo y con todos.