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Diario de un sumiller #9 el servicio de la noche

19:27 Yendo al restaurante Creo que había dejado toda mi tripa en el lavabo. Estaba completamente agotado. No pude relajarme y me fui al restaurante para preparar el servicio de noche. Cuando llegué a la puerta del restaurante, ví como las luces estaban encendidas. Muy raro eso. La puerta no estaba cerrada con llave y entré. Escuché algo de música y voces de timbre bajo. En la sala no ví  a nadie pero en el privado 1 , una sala muy acogedora, habían dos hombres. Uno era el jefe y el otro no me sonaba de nada. Me acerqué como un detective, con pisando con cuidado como un gato y espié por el hueco que dejó la puerta mal cerrada. “Mira jefe. La oferta por la compra del restaurante es lo mejor que vas a recibir durante muchos años. No puedo mejorarla. Yo creo que 2 millones de Euros es más que generoso." “No es el dinero que me interesa. He dejado mi vida en este restaurante” “Mira. Si te parece podemos dejar un tiempo de transición. Seis o diez meses. Supervisas  todo, asegurándote que el nuevo sigue tu filosofía.” “No sé, no sé” “Tú eres inteligente. Necesitas la pasta. No sé por qué dudas tanto.” “Don Marco, déjame pensarmelo, ¿vale?” Noté como la conversación estaba terminando y me piré hacía la bodega, abajo en el restaurante. Escuché como el hombre visitante se fue. El jefe se quedó un rato y luego también marchó, cerrando la puerta principal del restaurante con llave. ¿Don Marco? Parecía que el jefe estaba en apuros y se quería quitar el restaurante de encima. ¿Tenía algo que ver Don Marco con el Sr. Mateo quién me llamó esta mañana, ¿querían comprarme también? 19:45 Preparando el servicio Estaba repasando copas y mirando un catálogo de un proveedor en la barra de arriba. Me apetecía un café y me lo hice en nuestra máquina italiana, Gaggia. Cremoso y sabroso el café era justo lo que necesitaba. De repente escuché un golpe de una sala privada. Me fui a explorar por los pasillos  empezando a abrir las puertas de una sala tras otra. No había suerte. Miré por las otras dos puertas donde no había entrado todavía y antes de que pudiera abrir lo,  de una puerta  enfrente mío, salió el Chef con cara de alivio, abrochándose los pantalones y ajustando el cinturón con gotas de sudor empapando la camisa. Directamente detrás de él, una mujer corpulenta, igual de sudada con aspecto cansada pero muy satisfecha. En un primer instante no me habían visto, pero cuando saludé, se sorprendieron y se quedaban un poco asustados. “No os preocupéis. Sólo soy yo. Vuestro secreto queda entre nosotros” les dije calmando la situación. El Chef me miró con ojos grandes sin creer lo que había pasado. La mujer se fue del restaurante corriendo. 19:58 Staff Llegó  todo el staff. François, Josef y todos los ayudantes de la cocina, menos Hanna. En media hora íbamos a abrir y las mesas no estaban a punto todavía. Junto con François repasamos el orden del servicio y las mesas reservadas. Gracias a Díos sólo habían dos reservas. Yo estaba muerto y tenía la cabeza cargada de cosas extrañas y demasiadas mujeres. Normalmente estaría pensando en vinos que tendría que probar con Alex, mi amigo sumiller. En vez de eso, sólo me perseguían los  problemas. 20:13 Hanna y los vinos Llegó Hanna al restaurante. Estaba contenta con una sonrisa enorme. Yo estaba leyendo una novela de John Grisham, lo único que me podía relajar ahora mismo. Me saludó brevemente, cogío mi mano y me arrastró abajo a la bodega. Miró por todos lados y no vió a nadie. Me miró a los ojos, me cogió la cabeza con las manos, acercándola hacía ella y me empezó a besar ferozmente su lengua parecida la de un serpiente. Yo, respondí casi comiéndome sus labios y boca, mi lengua más tranquila que la suya. Y esta vez me olvidó de los gustos y aromas que desprendía-me estaba enamorando completamente. Nos desnudamos el uno al otro y allí mismo en medio de caldos vinícolas de todo el mundo, hicimos el amor. Un amor que yo dedicaba a todos mis amigos, los grandes vinos de la selección Mario Luca. 20:32 Los dos ya vestidos fuimos a nuestros respectivos puestos. Hanna a la cocina y yo arriba en la sala. Josef ya estaba en su puesto mirando la nevera de vinos blancos y el consumo del día. Su rostro serio se levantó a ver el mío. “Oh, Mario que buena cara haces” yo sin pestañear le dí las gracias y fui hacía la entrada para recibir los primeros clientes. 20:45 Ninguna mesa reservada había llegado todavía pero ya teníamos cuatro mesas ocupadas. Tenía pinta de que esta noche íbamos a trabajar muy duro. 20:55 El servicio y trabajo duro Entre François, Josef y yo manejamos con buen trabajo y coordinación la avalancha que nos saludó.  Entre alguna queja de un plato demasiado salado y otro que no había alcanzado su perfecto estado de cocción, me hizo pensar que Hanna debería estar más para la faina y menos por mí. No obstante este momento de felicidad me encantó. Los vinos que servíamos eran caros por ser españoles, pero para las dos mesas de suizos, una de alemanes y otro de americanos, era una ganga poder disfrutarlos a un precio tan bajo, comparado con su nivel adquisitivo. 21:15 Llegaron las reservas. Dos mesas de cuatro españoles. Un grupo celebrando el cumpleaños del chico, el otro parecía una reunión de negocios. Ambas mesas querían disfrutar una velada especial, con un buen servicio. Nos dejaban todo en nuestras manos. Podríamos elegir tanto los platos como los vinos. Mejor para sorprender y con una sensación de mayor responsabilidad hacía el cliente. 21:32 Llegó el jefe. “Mario. Tengo que hablar contigo esta noche sobre una propuesta que me han hecho” “Vale jefe” le dije, antes de acabar mi frase se estaba yendo para el despacho. Madre mía y perdona la expresión: ¿pero qué coño estaba pasando? 22:45 No tuve ni tiempo ni ganas para escribir el enlace aburrido de lo que ha pasado hasta ahora. Una noche ajetreada pero muy normal. Vinos de la Tierra de Castilla León, Riojas como  Marqués de Riscal y un Priorat; Clos Mogador de 1996. Y ya está. Ni me dejaban decantar un vino. Lo único que me esperaba era una conversación sería con el jefe a quien unos mafiosos querían comprar el restaurante y Atena que necesitaba verme. Y si eso fuera poco Hanna seguro que querría salir conmigo a tomar algo después. El resto del servicio prometía..

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