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Diario de un sumiller #7. después del 1er servicio

17:27 “Hola Mario” me dijo la cocinera mientras yo estaba poniendo los platos en las mesas. “Hola” le sonreí concentrado en mi trabajo y buscando dónde estaba Josef. “Mario. Quiero tomar un café contigo si se puede. Es que… parece que tú y yo nos conocemos durante toda la vida”. Dejé los platos y me quedé mudo, mirándola en los ojos. Mis emociones a flor de piel. “hmm… vale.” No me salió nada más, mi sistema nervioso y mi mente completamente bloqueado. “Josef!!” enseguida vino “Si, Mario” contestó "Josef, tendrás que acabar poniendo todas las mesas. Ha salido un imprevisto. El jefe no está y tengo que comprar suministros con la chica” “Me llamo Hanna” dijo ella corrigiéndome “Vale, ningún problema” contestó Josef con voz preocupada, mirando el estado de la sala y las 5 mesas que quedaban. Le devolví una mirada diciendo como es lo que había, me tenía que ir. Cogí la mano de Hanna y nos fuimos del restaurante, bajando la calle al Hotel Giorgi. Había un café impresionante en la planta baja del mismo hotel, casi un Lounge Club, con mesas de roble, grandes y  bajas, de corte moderno y sofás de cuero, super cómodas. Aquí nadie nos molestaría y podríamos estar tranquilos. ¿Quién sabía lo que podría pasar? Entramos y nos sentamos en un sofá que estaba en el fondo del local, a esta hora casi medio oscuro. Nos sentamos y enseguida nos vinieron con una carta extensa de bebidas, cafés del mundo, tés, puros, tapas, pasteles y otros dulces para picar. “Oh Mario, me encanta este lugar. ¿Vienes aquí mucho?” “Sólo con personas especiales” “Seguro que has llevado muchas chicas aquí” me desafió Hanna. “Pues la verdad es que no. No he tenido ninguna novia desde hace 5 meses” le miré en los ojos para ver su reacción. Me miró fijamente y yo a ella. Había algo mágico en el ambiente que se podría saborear como el chocolate de Turkish Delight. Dulce, enigmático y eterno. “¿Sabes porque quiero hablar contigo?” “Pues no tengo ni idea, pero debe ser algo importante” antes de que podía acabar la frase,ella se me acercó, colocando ambos brazos en mis hombros y las dos piernas encima dl regazo. Mi reacción fue de sorpresa, pero seguía el rollo. Las caras, los labios a punto de acercarse para quedar inmortalizados para siempre. Justo en este momento vino la camarera “Hmm, hola chicos, ¿qué os puedo traer?" Un poco avergonzados, nos separamos y miramos la camarera. “Yo quiero un café con leche, la leche bien caliente por favor” dijo Hanna “Yo un café de Kenia, con un toque de leche suiza por favor” me sentí como James Bond cuando pedía su Martini shaken, not stirred. Hanna me miró como yo fuera el último macho ibérico. Con las manos cariciando mi nuca, y las mías la suya, nos acercamos de forma explosiva para darnos un beso de verdad. Mientras hicimos un intercambio de bocas y lenguas, yo, como buen sumiller, ponía un poco de imaginación. Un cielo lleno de vacas y ovejas paseando por el prado. Durante estos segundos me dí cuenta que eran las papilas de la lengua que estaban saboreando lo que Hanna había comido; ternera y cordero, pero no me molestaba en absoluto, de hecho maridaba muy bien con los restos del Cabernet Sauvignon que quedaban en mi boca. Cómo estaba disfrutando eso! Creo que Hanna también. El intercambio duró bastante y la verdad es que quería conservar, o sea no olvidar este momento. Una dosis de sulfitos para que no se oxidara por ejemplo. O sal o ácido cítrico. Que tonterías estaban pasando por la cabeza mía, ¡Dios mío! De repente noté como algo me molestaba en el bosillo. A ver si Hanna me estaba tocando las partes prohibidas, por lo menos la primera vez. Pero no. No era su mano. Más bien una vibración sin cesar. Ah era el móvil. Me aparté de Hanna. Saqué el móvil y vi un número que no me sonaba de nada en la pantalla. “¿Quién es?” me preguntó Hanna, muy molesta. “No tengo ni idea” le contestó, justo cuando el mismo número apareció de nuevo. Me disculpé de Hanna y me fui fuera del café para atender la llamada. “¿Hola, eres Mario?” una voz femenina, seductiva sonó por el auricular “Si. ¿Quién eres? Mamá?" “No.Tonto. Nos hemos conocido hoy en el restaurante” me dijo la voz aún más seductiva “Ah pues no sé” dijé yo temblando “Soy Atena” mis piernas empezaban a tambalear, se me cortó la respiración y en este mismo momento me caí en una silla en el Hall. “¡Atena, ah qué sorpresa! Si tenía previsto llamarte pero un poco más tarde. Ahora me pillas en una reunión. Me encantaría poder llamarte más tarde” le dije, pensando en qué podría decirle a Hanna mientras mi corazón batía como nunca. “De acuerdo. Llámame después, tienes mí móvil. Pero por favor no tardes. Tengo algo urgente que tengo que tratar contigo” me colgó y yo no sabía qué hacer. 17:43 Estaba con Hanna. Había un silencio un poco incómodo. El café tenía un gusto más amargo de lo normal. Mi cabeza estaba dando más vueltas que un motor de Fórmula 1 y yo estaba muy confuso.. “Qué tal Hanna?” empecé, rompiendo el silencio un poco “Me encantas, Mario” “Ya lo veo. Tú también eres muy sabrosa” le dije sonriendo torpemente, sólo yo entendiendo lo que significaba “Quiero que me enseñas vivir. Qué me enseñas el mundo de los vinos y que me abras tu corazón” Su mirada más tierna y otra vez se acercó para darme un beso. Yo, mudo una vez más. ¿Vaya día, vaya vivencia con Hanna. Era tan dulce y tan sentimental, todo parecía mentira. Y ahora Atena también me estaba tirando los trastos. “Yo, antes de enseñarte o abrirte mi corazón, me gustaría conocerte. Bueno, que nos conozcamos. Que tu sepas quién es Mario y que es lo que quiere y que yo vea y sienta todo lo que quiera Hanna” era una manera de decir que la chica iba demasiado rápido. Me daría tiempo para reflexionar un poco. “Ya sé Mario, que esto puede parecer todo muy precipitado. Pero yo te veo. Te siento. Sé que eras muy especial. Sé que tu y yo tenemos una química mágica y lo tenemos que aprovechar para  conocernos mejor” Esta chica me gustaba mucho. Todavía no la conocí bien y lo que más me molestó era que Atena no salía de mi cabeza. Me estaba enamorando. ¿De quién? No tenía ni la más remota idea y ahora no sabía qué hacer. Pedí la cuenta y pagué. Me despedí de Hanna con otro beso largo y tierno y nos fuimos los dos.

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