Diario de un sumiller, #4 el servicio.
Nicojames
0
comentarios
14:00
Ya estaba un poco cansado y bastante cerca de la cocina tomándome una Coca Cola. Escuché el silencio por un momento que me permitió relajar el cuerpo y eliminar toda la tensión. Me olvidé de todo y cerré los ojos sin dormirme. Justo en este momento pasó el jefe delante de mí. “Ahem! Mario? Qué estás haciendo aquí cuando hay todo este follón fuera? Dónde está tu asistente? Qué hacen tantas botellas del mismo vino en las mesas? Te pagan una buena comisión los de le bodega verdad?” Abrí los ojos enseguida, el jefe me había sorprendido. No era normal que viniera por aquí durante el servicio. Tampoco era normal que se fijara en las botellas y tantas preguntas en este tono era demasiado. Yo tenía ganas de explotar y a mandarle a tomar por… y en este mismo instante llegó mi salvación. Llegó Josef, mi asistente sudando la gota gorda. Ya no hacía falta que le pegara por lo de las botellas de Joseph Phelps. Qué vago era este chico. Decidí mantener la calma y dejarle en la mierda más sucia nunca visto jamás. "Josef” empecé “Si! Mario” me sonrió tímidamente. “Por favor, explícale al jefe porque yo estoy con la presión sanguínea a tope, al borde de un ataque de nervios, tomándome un respiro de 4 segundos y porque por inútil, tonto del culo, tú has llenado todas las mesas del Joseph Phelps, que eran para mesas selectas y no para todo quisqui” cogí un respiro ya que me estaba ahogando de la rabía que sentía. Josef no sabía por donde mirar. Menos mal que el jefe entendió a la primera mi reacción por la metadura de pata de Josef. Continué con la carga, ahora un poco más calmado “Josef. Después de todo lo que te enseñe y has aprendido aqui, no me lo creo. Pero por favor explícaselo al jefe mientras yo saco la mierda que ha dejado. Gracias a mi creatividad y la colaboración con el Chef podemos salir de ésta. Igual si tienes suerte no estarás despedido." Me fui.
14:10
Junto con François y algún chico de la cocina, hicimos maravillas para corregir el error de Josef. El Chef preparó platos únicos con salsas y decoraciones impresionantes, suculentes, utilizando hierbas, verduras exóticas y espumas para diferenciar la presentación de cada uno de ellos. Asi por lo menos se podía jugar con algo exclusivo de cara al comensal. Puede parecer una tontería, pero eso no era tu bar de la esquina. Este restaurante era la rehostía y teníamos que demostrar lo que valíamos delante de los clientes. Cada mesa, cada comensal es único y así hay que tratarlos. Dándole el mismo vino parece un mercadillo y eso no era plan. Los comensales parecían contentos con nuestras explicaciones y presentaciones. Los maridajes funcionaron bien e incluso había una mesa que pidió que saliera el Chef y así lo hizo para hacer una presentación personal para ellos.
14:20
Salió Josef a la sala. Su rostro rojo, con síntomas de agonía y vergüenza. Seguía en su labor, más humilde que normal. Captó el mensaje y empezó a currase los maridajes de postres con una oferta diferente en cada mesa. La mesa divina me lo dejó a mi, gracias a Díos. “Hola señores, les apetece algo de postre?” pregunté yo, sólo mirando a la Reina Atena. La reina se estaba olvidando de su chico. Eso o este mozzo, era su esclavo. Sólo le faltó el látigo a Atena para que se pusiera el chico de rodillas o mejor aún una correa para controlarlo mejor, como si fuera un perro. Me miró fijamente, con elegancia, una clase sólo de un grupo de pocas mujeres de la sociedad española. “Qué nos puedes recomendar?” me preguntó mientras sus dedos seductivos acarician la parte limpia del mantel, la otra ensuciada por Mr. Mozzo, el Guarro. “Les gusta el chocolate o la crema de leche?” mientras preguntaba yo, el mozzo estornudó con la boca llena de vino que no dudó en repartir por todo el suelo. Ahora el suelo y el mantel se hiceron amigos, todos estaban rojos y sucios. Atena estaba disgustada y yo tenía ganas de pegarle a este tonto. Cómo me podía romper este momento tan idílico con esta hermosa mujer? Vino la señorita de limpieza, Belén, que amablemente puso remedio a todo rápidamente. El mozzo se disculpó a Atena, a mi y a toda la sala. Acababa de decir adíos a cualquier posibilidad de ganar el corazón de la mujer que le acompañaba. Me marché teniendo claro que ni postre iban a pedir, ya que Atena, ahora muy enfadada, me pidió la cuenta.
14:30
La mesa de los finlandeses estaba ya para otro vino, algo distinto. Esta vez les atendió Josef. Yo aproveché el momento para repasar las otras mesas que estaban acabando. Pregunté a cada uno si les había gustado todo. Sólo había una mesa que se quejó por lo de Josef. Me disculpé y les invité a un Ron Dominicano XO y rápidamente se olvidaron de todo.
