En un marco incomparable, sin apenas cobertura,en pleno monte verde, surge este restaurante de aspecto y sentido nórdico. Verde, niebla, madera , cristal y piedra en el suelo. Tiene hotelito , ya que si ir es difícil , volver también , mejor quedarse con el rumor del viento , las hojas y la lluvia,. La cocina se condensa en un menú de 78 euros con atrevimientos , luces y alguna sombra pero que no satura y genera satisfacción . Buen servicio, con carta de vinos amplia y mejorable. Buena experiencia
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