Érase una vez una botella de Burdeos de gran fama que costía un montón pero numerosas revistas de renombre no escatimaban en elogios sobre el vino y prometían el oro y el moro : aromas de frutos del bosque, de tabaco de Virginia, de cuero rústico, de trufa negra, qué si patatín, qué si patatán. Un viejo aficionado - que no veía más allá que sus narices la compró a su justo precio - 73 € - pero se trataba de un grand cru classé :- Razón de más - bramó con los ojos inyectados en sangre y trémolos en la voz - ¡ a la altura a las que estamos, no vamos a andar racaneando unos euros ! Y se relamía los bigotes tan sólo pensar en su copa llena de semejante néctar. Diez años más tarde, una vez destapada la botella milagrosa ¡ adios a las ilusiones ! : tuvo que contentarse con un vino de modesta envergura aromática - un rastro de frambuesa, una pizca de té negro y recuerdos lejanos de agujas de pino - de sabor débil y fugaz, un vino muy similar a un Graves genérico sin mayores pretensiones.
En el fondo, para sacar la moraleja de esta historia, leamos de nuevo a Esopo y a La Fontaine : " C'est promettre beaucoup : mais qu'en sort-il souvent ? Du vent. "
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