Jean-François Rougier ha encontrado la receta del éxito : huye de la tecnología moderna y defiende vigorosamente lo tradicional - viñas viejísimas y fudres antiguos - a contracorriente de las tendencias dominantes. Al cabo de veinticinco años, su blanco ha adquirido un bonito color oro viejo. La nariz evoluciona, empezando por notas reductivas de almendra garrapiñada y de miel de brezo ; luego, va abriéndose gradualmente hacia aromas frutales de orejones, de pera cocida, y herbáceos que recuerdan al hinojo y al eucalipto. En boca, es un vino que ha alcanzado una madurez equilibrada y la máxima complejidad, rico en matices terciarios, de suprema elegancia, con un final algo amargo. Sutilmente afrutado - manzana asada y uvas pasas - ligeramente ahumado y anisado, capaz de mejorar con el tiempo, se merece ser considerado el mejor blanco provenzal. ( PVP : 30 € )
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